sábado, septiembre 02, 2006

Sobre la promoción de la cultura

Cuando se aboga por un tratamiento privilegiado para una actividad específica, los argumentos son convincentes, si se estudian por separado. Pero si se analizan en conjunto, comienzan a perder fuerza. A desvanecerse ante una lógica impecable: si todo el mundo se considera especial (o digno de tratamiento preferencial), nadie lo es (o nadie lo merece). Por eso cuando Marianne Ponsford escribe que la eliminación de los beneficios tributarios a la cultura equivale a una claudicación ante el embate mafioso o cuando Antonio Caballero habla de la consolidación del dominio imperial, estos vaticinios ominosos suenan tan poco creíbles. Lo mismo están diciendo los avicultores, los hoteleros, los bluyineros y los recicladores.

No sé si Marianne y Caballero lo sabrán, pero las exenciones que defienden con tanto ahínco (de las que, según ellos, depende nuestro porvenir) se usan mayoritariamente para subsidiar a los productores y consumidores de conciertos de reggaetón, revistas de farándula y películas de Hollywood. No quisiera proponer una definición restrictiva de cultura (ni más faltaba), pero me atrevería a predecir que la cultura que defienden los exaltados columnistas es muy diferente a la que consumen. O en términos más concretos, estoy convencido de que existen mejores mecanismos de promoción cultural que los contemplados por las exenciones actuales.

Quizás la mejor política cultural sea simplemente darles libros a los niños. Habría que llenar las bibliotecas de tomos de la mejor literatura. Atiborrar las escuelas públicas de obras clásicas y contemporáneas para que el exceso de oferta cree su propia demanda. Así con el tiempo habrá más lectores y más creadores. Más contadores de historias. Y más historias que contar (“las historias sólo le pasan a quien sabe contarlas”, escribió Italo Calvino). Ni García Márquez, ni Fernando Vallejo, ni Víctor Gaviria dependieron de la mano benefactora de la administración de impuestos. Su gran suerte fue haberse encontrado con los libros correctos en el momento preciso. La creación futura depende de la lectura presente. Y la lectura presente depende, en un país pobre, de lo que se consiga en las bibliotecas públicas y en las escuelas rurales.

Pero, como lo ha dicho insistentemente Jorge Orlando Melo, este país no invierte en libros para los niños. Los alcaldes construyen bibliotecas y no las dotan. O compran volúmenes electrónicos con pocos años de vida útil (vida inútil, podríamos decir). Los recursos del Plan Nacional de Lectura (el programa bandera del Gobierno) son insignificantes; su cuantía es inferior a la gastada en subsidiar las películas colombianas. Si uno quisiera hacer demagogia, bastaría con señalar que el Estado invierte más en asegurar la viabilidad económica de diez películas que en garantizar las posibilidades de lectura de diez millones de niños. Según los cálculos de Jorge Orlando Melo, la ciudad de Bogotá invierte anualmente cuatro mil pesos por niño en libros y tres millones por asistente a los conciertos de la Filarmónica.

Pero ni Marianne ni Caballero parecen inmutarse. Este tipo de desigualdades no afecta su henchida conciencia social. Caballero incluso dice con desfachatez que ha sido beneficiario de algunas exenciones culturales. A ninguno parece preocuparle la necesidad de subvencionar el consumo cultural de quienes no pueden comprar libros. Con IVA o sin IVA. Como lo dijo alguna vez Joseph Brodsky, si los libros se distribuyen por todos lados, tarde o temprano terminan encontrando lectores. “Siempre habrá un niño que pesque un libro de una pila de basura en el garaje. Yo fui uno de esos niños… y seguramente ustedes también”.

36 comentarios:

Jaime Ruiz dijo...

"... la cultura que defienden los exaltados columnistas es muy diferente a la que consumen". No señor, la cultura que defienden es exactamente su consumo, sus viajes con recursos públicos (se podría hacer la cuenta de los viajes que se pagaron en tiempos de Samper, sobre todo, a los artistas e intelectuales), sus honorarios por representar al país, su impacto como columnistas a favor de las roscas a las que pertenecen... ¿Qué importa que también se beneficien los del Reggaetón? Mejor, así se nota menos lo que se va a manos de la gente culta.

A veces me imagino a un economista que evalúa la relación que hay entre los favores que se reciben del Estado y la retórica anti-sistema. Cuanto más se viaje con recursos públicos y más se ordeñe al Estado, más necesario es descalificar este mundo y todo lo que en él se hace. Bueno, tampoco soy economista ni menos he hecho ese estudio, sólo conozco a esa clase de personajes. En todo caso, creo que un examen de esa relación va más allá del campo del economista, entra en el del retórico. Puede que haya contenidos en esas diatribas que resulten eficaces para percibir rentas y que son muy sutiles, aunque siempre hay ciertas lealtades (Samper era una, típica) que no se tocan, pues en circunstancias extremas se lo salva de la hoguera a que se condena a todo el sistema, a todo este mundo falso y cruel.

Respecto a los libros, hace años que me pregunto, ¿cómo es que ningún candidato ofrece regalar un libro de lectura a todos los niños que hacen la primaria, bien por cada año o bien por dos periodos? No sería ni siquiera un gasto considerable y encima se podría compensar buscando patrocinadores. ¿Para qué hablar de los candidatos? Los lectores de los blogs ya serían un gran apoyo para esa idea, pero su interés es igual al de los candidatos. A unos y a otros les interesa más complacer a las roscas que defienden su cultura que ayudar a promover la lectura entre los niños. En realidad esos vividores los representan.

¿De dónde saldrá el martillo / verdugo de esta cadena? / Que salga del corazón / de los hombres jornaleros, / que antes de ser hombres son / y han sido niños yunteros.

Las típicas elites "cultas" son sólo un lastre, un aspecto de esa cadena, un adorno del orden esclavista de siempre.

lelo69 dijo...

Recomendaciones de una escritora argentina Verónica Sukaczer para que sus hijos lean...

-1 No les "rompan" a los chicos para que lean. Porque el chico que lee por obligación no vuelve a leer. Por ejemplo, yo tuve que leer en la escuela el Martín Fierro, y tuvieron que pasar muchos años para que se me fuera la bronca y me acercara al libro de otra manera.

2- Doy otro ejemplo, cuando yo estaba en 6º grado, la directora de la escuela, una bruja, decidió que teníamos que leer más. Asi que tomó una pila de libros de la biblioteca de la escuela, y nos dio un libro a cada uno. Cualquier libro a cualquiera. Teníamos que devolverlo a los 15 días. Obviamente nadie lo leyó, y supongo que en ese momento murieron varios buenos lectores.

3- El chico que ve a la gente que tiene alrededor leer con interés, va a leer.

4- Lo mismo el que tiene libros a su alcance.

5- Escondan los libros. No es joda. Lo que conté que le sucedió a Gabriel me sucedió en realidad a mí. Encontré en el sótano de mi abuela un arcón lleno de libros viejos, parte de la colección Robin Hood y varios de Alejandro Dumas y Victor Hugo. Además un ejemplar de Las mil y una noches del año 1909. Los leí todos.

6- Prohiban a los chicos que lean. En cuanto ven que el chico agarra un libro, díganle que no es para su edad o que no lo entendería (también me sucedió a mi) y van a ver cómo el pibe se pone a leer a escondidas para saber qué tiene de prohibo ese libro.

7- No elijan los libros que sus hijos, dejen que ellos vayan a las librerías y hagan un poco de lío. No hay nada más interesante que tirar abajo una columna de libros para encontrar así lo que se busca.

8- Permitan que el chico les cuente por milésima vez cómo hizo el Conde de Monte Cristo para escapar de la prisión de If, aunque ustedes hayan visto la película. Si el chico siente que para los demás también es apasionante la historia, buscará otro libro y volverá a contarles mil veces el argumento.

9- Hablen de libros. Cuéntenles a los chicos cuál fue el libro que leyeron de chicos y les abrió la cabeza.

10- Jamás de los jamases acompañen un libro con una actividad,por ejemplo: bueno, ahora que terminaste de leer buscá todos los sustantivos que empiecen con p. El chico tiene derecho a leer por placer, como lo hacen los adultos, y a no tener que buscar ninguna enseñanza en lo que lee.

11- Respeten los comics y las historietas. También son lecturas "serias"

Si después de todo esto, el chico no lee, permítanle que prende la tele.

He dicho.

Verónica Sukaczer

Anónimo dijo...

En USA existe en internet un sitio donde uno puede mandar libros y recibirlos, gratis.

http://www.bookcrossing.com/

Sr Tertius dijo...

Estimado Dr. Gaviria,

Leo: "Cuando se aboga por un tratamiento privilegiado para una actividad específica, los argumentos son convincentes, si se estudian por separado. Pero si se analizan en conjunto, comienzan a perder fuerza."

Cierto, pierden fuerza porque no pueden ser absolutos, porque hay que calificarlos. Pero de ahí a concluir que NINGUNA actividad merece tratamiento privilegiado es un brinco lógico de dimensiones acrobáticas.

"Por eso cuando Marianne Ponsford escribe que la eliminación de los beneficios tributarios a la cultura equivale a una claudicación ante el embate mafioso o cuando Antonio Caballero habla de la consolidación del dominio imperial, estos vaticinios ominosos suenan tan poco creíbles."

Si suenan poco creíbles puede ser por el tono dramático de las implicaciones de sus argumentos, no por sus argumentos en sí mismos. La reforma tributaria va a afectar negativamente al desarrollo y mantenimiento de ciertas actividades culturales, sin por ello compensar con mayores beneficios a otras actividades; el resultado neto no beneficia al interés general. En términos menos alarmantes, ese es el argumento. Las implicaciones, creo yo, son de todos modos alarmantes--aunque quizás no de la manera en que MP y AC lo ven.

"Lo mismo están diciendo los avicultores, los hoteleros, los bluyineros y los recicladores."

Es aquí donde la poca fuerza del contrargumento desaparece por completo. Si vamos a comparar los privilegios tributarios de la cultura con los de los bluyineros, valdría también comparar los privilegios fiscales de los militares, del Legislativo, y de la manufactura de chicles. Miremos cuanto gasta el Estado en defensa y cuanto en subsidiar la producción de panela rayada; al fin y al cabo, bajo este argumento, nadie es especial.

"las exenciones que defienden con tanto ahínco (de las que, según ellos, depende nuestro porvenir) se usan mayoritariamente para subsidiar a los productores y consumidores de conciertos de reggaetón, revistas de farándula y películas de Hollywood"

Ese es un problema de definición de prioridades. Si lo que se gasta en defensa se va mayoritariamente en vainas inútiles--que seguramente es el caso--nadie vendría a decir que hay que acabar con MinDefensa. Debe haber un órgano del Estado en el que quienes trabajan en cultura--no los abogados y economistas--definan las prioridades de su desarrollo, de la misma manera que en cualquier lugar medianamente civilizado son los científicos--de nuevo, no los abogados ni los economistas--quienes definen las prioridades en desarrollo científico. Pero éste no parece ser el caso ni en cultura ni en ciencia ni en salud ni en ningún otro sector que no dé réditos al corto plazo. La queja de Héctor Abad Faciolince hace poco en Semana da cuenta de lo que pasa en salud; en ciencia, basta ver el triste articulito escrito en la última edición de Semana: La misma retórica vacía de hace 15 años, y a Colciencias le quitan más plata y le plantan más burocracia.

No es que crea que abogados, economistas y el público en general no tengan nada que ver con decisiones sobre cultura, ciencia, etc. Ni más faltaba: El público es el que pone la plata, y merece saber cómo se gasta. Y porque hay plata y leyes de por medio, se necesita de economistas y abogados para conciliar decisiones y ponerlas en práctica. Pero, de nuevo, las decisiones sobre como armar un puente las toman (idealmente) los ingenieros, sobre como formar cultura quienes trabajan en cultura, sobre qué ciencia hacer los científicos, y sobre salud los médicos.

"en términos más concretos, estoy convencido de que existen mejores mecanismos de promoción cultural que los contemplados por las exenciones actuales. Quizás la mejor política cultural sea simplemente darles libros a los niños."

Aquí viene el problema que mencionaba. Antes de botar opiniones desinformadas, veamos qué dicen quienes trabajan en el tema. ¿Por qué es preferible la promoción de lectura infantil que el desarrollo--cierto, mucho más costoso--de una cultura fílmica? ¿Bajo qué parámetros? ¿Basado en qué evidencia? No digo que no tenga razón pero, hombre, uno no puede brincarse una discusión, que es muy necesaria, así por que sí.

"Ni García Márquez, ni Fernando Vallejo, ni Víctor Gaviria dependieron de la mano benefactora de la administración de impuestos."

Craso error creer que una decisión se justifica con un puñado de aciertos, y ni siquiera se tienen en cuenta las oportunidades perdidas. ¿Cuántos otros grandes productores de cultura se quedaron administrando el negocito por que el Estado nunca les tendió la mano? No sé cuantos, pero si vamos a apostar, diría que más de tres. No más vea los ejemplos: A García Márquez y Vallejo les tocó largarse a México--donde hay mucho más apoyo oficial a la cultura--, y aún así a GM le tocó demasiado duro en los primeros años como reportero. Utilizar el éxito A PESAR DEL maltrato para justificar el maltrato es un argumento mezquino. Sino pregúntele a Víctor Gaviria, que lleva años quejándose del poco apoyo oficial a la cinematografía--ahora resulta que va a ser el "poster boy" del laissez-faire.

Dr. Gaviria: Con toda sinceridad, creo que en estos tiempos necesitamos gente de talante conservador que no se le olvide poner la razón por delante de la ideología. Creo firmemente que Ud. es una de esas pocas personas. Por ello me preocupa tanto cuando en su columna leo como se estira y retuerce un argumento para que le dé la talla a la opinión y la ideología. Eso es mejor dejárselo a los Fernando Londoños.

Cordial saludo,

Sr. Tertius

Sergio Méndez dijo...

No me queda muy claro de donde saca el profesor Gaviria que una excepción tributaria pueda ser usada para FINANCIAR algo ¿Un impuesto no pagado se usa para algo? Es como decir que la nada sirve para financiar algo....

PD
Ruiz, hagase un favor y callese hermano..deje de hacer el ridículo al menos por un rato.

Adán dijo...

Caramba, es que confundir bluyines y versos...

Anónimo dijo...

Qué tal el dr. Tertius que compara la defensa nacional con el cine ...(podemos vivir sin la primera? Y sin el segundo?) Me parece que fue Mauricio Vargas quien dijo una vez que había países que carecían de ciertos talentos para hacer ciertas cosas, y que por ejemplo en Colombia no había talento para hacer cine, de modo que no había por qué subsidiar esa actividad. Obviamente esa es la opinión de Vargas, y claro que los Dagos Garcías y los Sergios Cabreras pondrán el grito en el cielo, pero hay que reconocer que las GANAS de hacer cine no se pueden equiparar con el TALENTO para hacerlo. No es sino comparar cualquier película colombiana, supuestamente buena, con, digamos, una producción iraní (donde SOBRA e talento para hacer cine y con muy poco dinero) para ver en qué quedamos. La pregunta es: se debe subsidiar el cine porque hay una gente que tiene ganas de hacer cine? Se debe seguir subsidiando a Patarroyo con la casi totalidad del magro presupuesto que se asigna a la investigación científica porque él cree que tiene de una cacho la vacuna contra la malaria? (nadie más lo cree en la comunidad científica internacional, ni hay pruebas de que así sea. Gates acaba de asignar una multimillonaria suma a la búsqueda de la vacuna contra la malaria, y que se sepa no escogió a Patarroyyo para darle la platica ...)

Virgilio dijo...

La cultura engendra progreso y sin ella no cabe exigir de los pueblos ninguna conducta moral; lastimosamente en Colombia la televisión es el espejo en donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural. Con toda esa "basura" de programas infantiles y la propagación de manifestaciones y modos de vida que nada enriquecen el desarrollo intelectual de los jóvenes, la niñez en el país se está acostumbrando a vivir no solo de manera virtual, sino tambien en un muladar de estulta información.

saludos

Jaime Ruiz dijo...

Anónimo de las 9:56: eso que usted comenta es como el nudo de toda la vida colombiana y el sentido del "conflicto" (leyendo a William Ospina se entiende a la perfección). Un comentarista de mi blog se quejaba de que yo considere en esencia parasitaria la UN y me ponía el ejemplo de que ahí hay gente diseñando aviones. ¿Para qué diseñan aviones? Para el desarrollo del país, puede que un día seamos como Albania, que fabricaba sus propios camiones y no como esos desgraciados suizos, daneses, noruegos y luxemburgueses que ni un carrito saben hacer.

(Ah, y Sergio Cabrera es un buen cineasta: si sirve a la "idea" de que la dignidad se defiende haciendo trampas para no pagar el alquiler es porque expresa a Colombia. También lo vi en la TV diciendo que como él estaba a favor de la legalización de las drogas aplaudía a las FARC que ya las habían legalizado en el territorio que dominaban. Es que es un cineasta colombiano: da lo mismo que sea el cine que la aeronáutica que la filosofía o la ingeniería social, la vida colombiana consiste en que se gastan los recursos en rodear de lujos a los descendientes de los que hace 300 años se rodeaban de lujos, sólo que de los maitines y la lambonería ante el virrey se ha pasado al diseño de aviones y a la filosofía libertaria, con evidente deterioro: ¡no tardarán en imponer a un gobierno que fabrique esos aviones, así podrán colocar a una clientela creciente y entusiasta! Serán aviones con un "vuelo" parecido al de nuestro apreciado Filósofo Crétino.)

Tenga cuidado, siga anónimo, para defender esas rentas no vacilarán en amenazarlo, y si da papaya en matarlo. Por eso los que tienen alguna figuración pública son tan comedidos.

Sr Tertius dijo...

Apreciado Anónimo,

Lo de la defensa fue solamente para ilustrar un punto, que ciertas actividades deben ser privilegiadas por el Estado. Obvio, ¿no? Que si la defensa se pone por encima de la cultura (ojo, no del cine) o viceversa, eso es otra discusión. Gracias por hacer patente ese punto y otro además: ¿Mauricio Vargas opinando de cine? Es que ahí es donde estamos jodidos. Que tal que a una reina de belleza le diera por opinar sobre los beneficios estratégicos del gasto en artillería liviana. Hombre, ella y Vargas pueden opinar de lo que se les venga en gana, pero lo que no es justo es que la gente se lo tome en serio. Pero claro, la reina de belleza habla de artillería liviana, y seguro que los generales que están más inclinados hacia la infantería van "a poner el grito en el cielo", igual que “los Sergios Cabreras”. ¿Podrá ser por que esa es gente que sabe de su oficio y la opinadera no es sino eso, opinadera, especulación sin fundamento? Como ya dije, la opinión del público es muy importante, pero las mejores decisiones las toma quienes saben del tema; a ver que pasa si a la Corte Constitucional le sacamos los abogados, o al Banco de la República los economistas.¡Ah! es que Vargas dijo… Por cierto, llamar a los expertos a que evalúen a sus pares siempre va a implicar conflictos de interés, pero ya mucha gente ha trabajado y sigue trabajando en formas de minimizar tales conflictos. Eso de ninguna manera justifica excluir a los expertos de una evaluación. Si a la comunidad científica le parece que Patarroyo es una botadera de plata inútil, pues que sea la comunidad científica, por medio de Colciencias, la que decida esa vaina, no Mauricio Vargas, ni Ud., ni yo.

Últimamente en Colombia cierta gente se ha beneficiado de poner la demagogia—que siempre carga más gente—por encima de la razón—que la llevan un puñado insignificante de expertos. El caso más patético es lo del impacto ecológico de las fumigaciones en los parques nacionales. El grueso de los científicos, ingenieros y ambientalistas que han examinado el tema concluyen que esto es una bestialidad. Pero como su opinión cuenta lo mismo que la de Juan Lozano—que es, por Dios, ¡otro abogado!—o la de Mauricio Vargas, pierden por minoría. Lo más mezquino es que, como a los expertos no se les puede atacar el argumento, se les ataca la persona, y así comenzamos a hablar de ambientalistas promoviendo su oscura agenda (buajajaja) o Sergio Cabreras poniendo gritos en el cielo (por que el muy tacaño querrá la platica para él solito). Aparentemente, el mismo argumento que pretende restarle importancia a la voz de quienes estudian el medio ambiente ahora se lo están aplicando a los trabajadores de la cultura.

Cordialmente,

Sr. Tertius

zangano dijo...

la pelicula colombiana :maria full of grace,merecio muy buena critica internacional,personalmente me gusto tanto por el tema como por las actuaciones de los actores.si puede haber buen cine en colombia,falta talvez el valor de hacer cine sobre los temas que la gran prensa desecha o censura.

Alejandro Gaviria dijo...

Adán: Antes de escribir la columna, me tomé el trabajo de leer algunas de las peticiones de tratamiento especial que hacen otros sectores. La de los bluyineros (que defienden las zonas francas) habla de miles de empleos perdidos, de una catástrofe social, de niños con hambre, etc. Así, ya la disyuntiva no sería entre bluyines y poemas, como ud. dice, sino entre niños sin hambre y películas de Dago Gracia. La cosa comienza a complicarse ¿cierto?

Sergio: lo primero que habría que entender es que las exenciones son una forma de gasto público. En la contabilidad presupuestal internacional se les llama “tax expenditures”. Cuando el Estado no le cobra IVA a los conciertos de reguetón está ayudando a los asistentes a financiar su boleta. O cuando le permite a RCN deducir el 125% de lo que invierten en sus producciones, está ayudando a una empresa privada a financiar una actividad empresarial. El lenguaje que propongo en la columna no es un lenguaje caprichoso. Su utilidad radica en la transparencia. Muchos se escandalizarían si encontraran en el presupuesto una partida de 10.000 millones para la promoción del cine (el Plan Nacional de Lectura tiene 7.000) pero como la cosa está escondida en una exención nadie dice nada.

Sr. Tertius: retomo su pregunta. “¿Por qué es preferible la promoción de lectura infantil que el desarrollo--cierto, mucho más costoso--de una cultura fílmica? ¿Bajo qué parámetros? ¿Basado en qué evidencia? No digo que no tenga razón pero, hombre, uno no puede brincarse una discusión, que es muy necesaria, así por que sí”.

Para comenzar, creo que la demografía está de mi lado: si algo tiene este país a montones son niños pobres. Y la cultura debería tener eso en cuenta. Los casos de GM y FV no representan ejemplos de una política cultural exitosa. Sino de un fenómeno creativo (antropológico) innegable. Lo que más me impresionó de Vivir para contarla, por ejemplo, fue que García Márquez se hizo escritor no tanto porque su abuela le contara ciertos cuentos, sino porque sus amigos le prestaron ciertos libros. De allí mi insistencia en la educación y en la importancia de los libros para los niños. No creo que se trate de un salto ideológico. Ni creo que debamos dejar estos asuntos a un grupo selecto de jueces estéticos. Recuerde que hasta el mismo GM se opuso a la creación de MinCultura pues no creía que el Estado debería trazar la línea entre lo que representa cultura y lo que no.

En últimas, mis opiniones no son originales. Están basadas en los escritos de un experto (como él que usted propone): Jorge Orlando Melo. Alguien que le ha dedicado la vida a la cultura y que ha dicho, una y otra vez, sin que nadie le preste atención, que la promoción de la lectura infantil es fundamental. Ojala no le dejemos este tema a tres o cuatro expertos y podamos seguir discutiendo.

Anónimo dijo...

Dr. Tertius:
Cité la opinión de M. Vargas por lo que dice y no por quien lo dice (creo habérsela oído a él, qué pena con usted ...). Pero hubiera podido citar a 'Perico de los Palotes". Lo importante es la tesis: se deben apoyar en un país todas las actividades de la economía, de la cultura, del deporte, sólo porque haya gente que tiene ganas de hacer ciertas cosas?(O, en el caso de Patarroyo, se debe seguir apoyando a alguien ad infinitum y a expensas de todos los demás científicos con aportes potenciales porque ha invertido años y años en una actividad, así no produzca resultados?) O cuenta algo que haya una especie de tradición o de talento "natural", digamos (pienso en el ciclismo y la geografía nacional, por ejemplo). Apoyamos el patinaje en el hielo porque a alguien se le ocurra que quiere competir en esa categoría en los Olímpicos de Invierno, o apoyamos el patinaje de pista, o como se llame ése en el cual los colombianos barren a donde quiera que van.
Pero volvamos al ejemplo de Irán, un país pobre (aunque con petróleo), donde NO hay libertad de expresión y donde dudo que el gobierno apoye el cine. Cómo hacen los directores iraníes sus maravillosas películas? Las hacen porque son historias sólidas que se venden solas, y porque habra gente que dé la plata para hacerlas. O eso es lo que yo me imagino ... Ese es el debate...

Anónimo dijo...

Perdón por lo de "Dr.". Quise decir "Sr.".

mmmm dijo...

que me perdone dago garcía, pero que se dedique más a las telenovelas y menos al cine, si me ponen a escoger entre las peliculas de dago y las comedias hollywodenses me quedo con las hollywoodenses.

el cine de colombia se puede dividir en dos temas, el tema de la droga y el narcotrafico y las películas gaviristas, y el segundo tema son las comedias dagonianas y garciescas que siempre son la misma pendejada. al menos en la sde hollywood tratan de cambiar un poquito los temas.

mmmm dijo...

Sr Alejandro, creo que esto le puede servir, espero que le gusté, es un comentario de un amigo mío, que hace cine, y que critica los cortometrajes que nos obligan u obligaban ver antes de cada película.

Un minuto de su tiempo





Llevamos años escuchando decir “apoyemos el cine colombiano”. Incluso los mercaderes de las artes se aprovechan y le meten sentimientos patrióticos y nacionalistas al hecho de ir y pagar por una boleta. Pero si es para ver películas como “¿Por qué lloran las Campanas?”, por favor: no apoyemos el cine nacional.



Todo comienza en la noche del estreno con una corta pero sustanciosa y elocuente entrada de un señor muy importante (debe serlo porque no se presentó y yo debo ser el ignorante que no lo conozco) en la que nos contaba la última tecnología utilizada para la realización de la película: el Cinemascope (tecnología utilizada en los 60’s y desechada por los laboratorios y estudios por costosa e inútil para el telecinado) y el sonido digital que logra envolver al espectador en la tensión y drama del argumento.



De ahí, al estreno propiamente. Claro que eso de que lo inviten a uno a un estreno, óigase bien, estreno de una película, de cine, en una sala de cine y le salgan con una proyección de video, deja mucho que desear. Yo me preocupé desde que salió el primer crédito, un poco de mal gusto y que parecía darle entrada a una buena película porno. Me sorprendió, y a pesar de no poder leer muy bien los créditos por el desenfoque, seguía teniendo fe en ver una película. Aparecieron los primeros personajes y seguía sin entender por qué veía tan mal, y claro no hay que tener un ojo muy agudo para darse cuenta de que era una proyección: imagen pixelada y colores lavados. Pero tenía la esperanza de que fuera una broma, o el inicio ficticio y ahora se daría el giro… en fin, tenía fe.



Iban como quince minutos de película, perdón, video y no pasaba nada. Pero no es que se hubiera ido la luz o que no hubiera actores, o una trama desarrollándose; simplemente no pasaba nada. En el argot de los que saben, el personaje no sufría un punto de giro, un conflicto que tuviera que solucionar. A duras penas comencé a entender que el protagonista se estaba enamorando de una muchacha. Ya a esta altura de la película, la risa era incontrolable, creo que ni en los cuarenta hablaban así. Un guión acartonado, con palabras sosas que no transmitían nada, acompañado de unas actuaciones, perdón, de unas sobreactuaciones que caricaturizaban unos personajes mal diseñados y que parecían sacados de un taller de actuación en sus primeras clases. Diálogos forzados que indicaban claramente que no reflejaban una realidad, así que la película estaba construyendo su propia realidad, su propio mundo de ficción. Tan ficticio que por más letreros que salían de que la trama se desarrollaba en Medellín y Manizales, eso era fantasilandia.



Tratando de encontrar una postura no torturante, me rebullía en la silla hasta que vino a mí la pregunta de la noche: ¿en qué año estamos? Si bien su director Jairo Pinilla es reconocido por haber desarrollado sus “obras” en los 70’s, creo que se pudo haber actualizado un poco, ya que mucho o poco pero se ha evolucionado. De repente vinieron a mi cabeza películas como “El Taxista Millonario”, “El Embajador de la India”; éxitos en su momento y que reflejan ese cine nuestro, ese humor pícaro e historias frescas que cuando las repiten por ahí cualquier festivo, son dignas de verse. Es más, “El Santo contra las momias de Chapultepec” o cuando la chica con leucemia que se enamora de Rafael en “Cuándo tu no estás”, son dignas de verse. Pero esto… no se entiende como en pleno año 2005, bueno digamos 2004 que fue cuando se realizó, ¿Por qué lloran las Campanas? tiene un sonido perverso, lleno de ecos y con un doblaje que hace recordar las películas chinas de artes marciales en las que la voz callaba y los labios seguían moviéndose. Hoy, que por Internet se consigue todo tipo de software para trabajar el sonido, programas que con solo hundir un botón coordinan el lipsync y se consigue todo tipo de música. Porque la música incidental, que parece más música accidental, son las primeras notas de un adolescente ensayando su nueva organeta, o la reproducción de la banda sonora de una película de play station.



Ya con la desesperanza y resignación de verla hasta el final, ocurrió el milagro: la proyección se pegó. Comenzó con pequeños saltos de imagen haciendo que los personajes brincaran entre palabras entrecortadas, hasta que quedó muda. Ahora sólo veíamos unas marionetas que trataban de decirnos algo y medianamente comparable con las comedias del cine mudo: divertidas. Esa fue la oportunidad, el escape perfecto. Claro, uno da unos minutos para que solucionen las fallas técnicas, pero ante lo visto y después de diez minutos de ver y ver como la película, ahora muda, seguía avanzando y que la trama realmente se escapaba, fue el momento de salir. No sé cuantos saldrían detrás, pero fui de los primeros seis valientes, o seis derrotados, o seis indignados, o seis decepcionados, o seis frustrados, o seis desilusionados espectadores que nos levantamos y nos fuimos; que por fortuna nos invitaron, porque dónde hubiéramos pagado, todavía estaríamos en la administración reclamando el dinero.

Horas después, lo único que me deja un sinsabor es no haber visto el final. La mente retorcida en un mórbido amarillismo me hace pensar: ¿en qué acabaría semejante peliculón?



Entiendo que muchos cinéfilos y críticos ensalzan y vanaglorian el trabajo del director y lo convierten en un icono y una manera sin igual de ver y hacer cine. Pero desde esta humilde opinión, NO apoyemos el cine colombiano si es para hacer esto. Ya tenemos suficiente con las pendejadas que saca cada año Dago García de la mano de Caracol. Ya es suficiente con que no haya industria del cine en nuestro país como para regodearnos en el lodo, en la pobreza conceptual y en apoyar proyectos sin visión, mientras en las facultades de cualquier universidad nacional se gestan proyectos e ideas más interesantes. Como ha planteado en tantas oportunidades Alberto Aguirre: el no futuro del cine colombiano, hoy tristemente se ve más claro con este tipo de aportes, opacando pequeños aciertos como La Estrategia del Caracol, La Vendedora de Rosas o María Llena eres de Gracia.



El cine como arte, expresa. Los conceptos se construyen con hacer y hacer películas que en nuestro país han caído en sitios comunes, creyendo que con comedia se logra expresar. En las propias palabras del director Jairo Pinilla “Aquí en Colombia el 90 por ciento de los productores de cine están haciendo reír. Casi todo el mundo trabaja con cine cómico”, convirtiendo el cine en un mal vehículo de escape a nuestra realidad. Está bien hacer una buena comedia y también darle otra mirada, y que desde la posición de Jairo Pinilla que es la intensidad de la vida quiera reflejar otras historias: “No sé qué digan los que hacen reír, yo encuentro más fácil hacer gritar.” Pero no gritar de indignación ante la pobreza visual y conceptual.

Si usted es amante de lo cursi, del sin-sentido, adora lo kitch y se divierte con las historias románticas del siglo XIX, vaya y pague boleta. Si no es así, como dicen por mi casa vaya y cómasela en chunchurria, morcilla o la fritanga que a su bien le parezca, porque esta película lo podrá dejar muchos días avergonzado en su patriotismo de apoyar ‘lo nuestro’, meditabundo y en conflicto con el mundo de cómo se puede hacer un cine así.

Eli dijo...

Que bueno que se invierta en libros para los niños, pero eso qué tiene que ver con que se quiten las exenciones tributarias para las fundaciones. Si una fundación quiere promover, por ejemplo, las artes visuales, y en esa decisión son importantes las exenciones tributarias, ¿por qué no permitirlo?
No soy economista, me parece que las exenciones no son lo mismo que un subsidio. Probablemente si éstas no existieran, muchos tomarían la decisión de hacer otro tipo de gasto, que puede no ser apoyando la cultura.
Si a mi, particular, me da por crear una fundación que impulse el “performance” en Colombia e invierto tiempo y recursos en esa actividad, que además ejerzo porque el incentivo en renta no lo hace tan oneroso, estoy equivocada porque debería dedicar mi tiempo a incentivar la lectura?
No. Las personas gastan su energía en lo que les gusta. (… el argumento llevado al extremo sería algo como… no tenga perro, apadrine un niño…)
No olvide que el mecenazgo (no acá), impulsado por las exenciones tributarias, ha permitido formar las grandes colecciones de los museos más importantes del mundo. Y si existen mejores mecanismos de promoción cultural, dónde están, que se apliquen antes de quitar los existentes.
Para terminar, gracias, algunas veces disfruto lo que escribe.
Elizabeth Prado

Luis Ernesto dijo...

Me voy a tomar la libertad de explicar porqué un subsidio y una exención, aunque no son lo mismo, tienen el mismo efecto.

Reduzcamos la labor del Estado a cobrar impuestos y gastar en cosas.

Ahora hagamos una sencilla abstracción, suponga que usted tiene un apartamento que va a arrendar y un hijo en la universidad. Suponga también que su único ingreso es el arriendo que recibe por ese apartamento, luego con ese arriendo paga la universidad de su hijo. Digamos que la vida hace que una prima suya sea la que le arriende el apartamento y que ella quiere que usted le cobre unos $100.000 menos del pago que normalmente le cobraría a un desconocido.

Lo anterior lo pone en el siguiente problema. Si usted cobra lo que su prima quiere que le compre entonces esta disminuyendo el dinero con el que paga la universidad de su hijo. Si cobra lo normal, entonces esta dejando de apoyar la vivienda de su hija. ¿Cuál de los dos estados es el deseable? Eso lo decide usted, pero tenga en cuenta que aunque el gasto (pagar la universidad de su hijo) es bueno, la exención (cobrar $100.000 menos por el arriendo también lo es). ¿Qué haría usted si sabe que sus finanzas sólo le permiten hacer una de las dos cosas? Esa es la decisión que tienen que tomar el Gobierno y el Congreso

Jaime Ruiz dijo...

Cada uno vive en su mundo y las cosas que piensa y dice parecen razonables ahí, fuera son asombrosas. Pero el hecho de que se digan expresa a las comunidades y los ambientes, hay cosas que a nadie se le ocurrirían en ciertos lugares, la muchacha que protestaba hace 40 años mostrando las tetas desde un balcón en alguna ciudad de Europa, creo, no lo habría hecho en La Meca, donde podría haber una aglomeración semejante. Así, algo como lo que dice el tal Sr. Tertius sólo se puede decir en Colombia, en otros sitios le darían una bofetada. Pero los colombianos lo pueden aceptar.

Supongamos que alguien considera que es de una gran necesidad una cultura operística. Entonces se pregunta al entendido en ópera, que lleva décadas tratando de montar una y de crear una escuela de canto y nunca recibe suficientes subvenciones (porque el ministro dice que para escuchar ópera se va a NY). Según esa concepción, el hecho de que ese entendido sepa de ópera y los demás no, lo autoriza a decidir el destino de los recursos.

A mí me escandaliza, ¿qué tiene que ver el rango de experto de alguien? Si se va a montar una ópera se consulta al entendido, pero para decidir si se gasta el dinero en ópera esa persona precisamente impediría una evaluación ponderada. Es... colombiano, al parecer no hay problema en ser juez y parte.

Con todo, está bien que se piense en gastar el dinero en cultura. Se podría poner un impuesto sobre los ingresos pongamos superiores a tres millones de pesos actuales con esa destinación específica, así al menos los beneficiarios contribuirían. Si alguien propusiera eso, seguro que pondrían el grito en el cielo: sin el menor rubor pretenden que el dinero que se cobra a los pobres (o que deja de dárseles, como el que sale del subsuelo) no se gaste en los niños sino en proveerles a ellos adornos más costosos gracias a los cuales resulta más justificada su dominación.

¡Es genial, ahí sí que hay una gran película y también una gran ópera! El autor que explique al mundo la constitución moral de estos... colombianos puede triunfar en Hollywood o en Nueva York.

Pero los expertos y artistas colombianos no tienen ideas válidas para hacer películas ni óperas, sino para ordeñar al Estado. Siempre eso, sólo eso. La cultura es un pretexto de esa exacción, íntimamente la aborrecen porque es un fingimiento que les exige esfuerzo. Y sé de qué hablo.

el lobo feroz dijo...

Pensaba decir que el señor Gaviria hace un análisis muy simplista en su columna (y me mantengo en esa opinión), que demuestra toda su ignorancia sobre el tema cultural. Que tal la solución cultural única, universal y todopoderosa de regalar libros? Pues creo que al fin alguien descubrió una verdadera panacea. Pero leyendo los comentarios de otros opinadores (excepto del tal Jaime Ruiz que, con solo leer dos de sus frases, me produce náuseas) me surgen otros comentarios. Y entonces me pregunto: Acaso son los economistas los que deben tomar la decisión de qué es bueno y qué es malo, de qué es pertinente y qué no lo es? Son ellos, porque tienen un rasero común y barato (o más bien caro y difícil de conseguir) que es la plata, los que pueden y deben definir las prioridades de un país? Me parece que en el fondo subyace un problema de que en este país no se ha definido cuál es el papel de actividades como la cultura en el desarrollo, porque al parecer hay muchos que todavía piensan que es un papel cosmético y decorativo, y no una oportunidad de cambiar una sociedad que tiene tantas cosas para cambiar como la nuestra.

Alejandro Gaviria dijo...

Lobo Feroz:

Yo no creo que sean los economistas quienes deban decidir. Yo creo que en una democracia liberal estas cosas se deciden por medio de la deliberación pública en general y de la deliberación legislativa en particular. Yo simplemente di una opinión, como ciudadano. Fue una opinión basada en mis sesgos y en mis creencias. Pero bueno eso está demás…creo que usted propone un comité gubernamental que decida sobre la cultura, que convierta la discusión sobre el uso de recursos públicos en un asunto cerrado, donde unos señores (los jueces estéticos del régimen, los grandes nombres de nuestro politburó cultural, elegidos –seguramente-- por coaptación) decidan la ración cultural de las masas. Es increíble pero el estalinismo todavía está presente en la forma de pensar de mucha gente. Increíble pero cierto.

Sr Tertius dijo...

Creo que no se está distinguiendo entre decisiones políticas y decisiones técnicas. Ambas deben ser sometidas a escrutinio público, pero mientras las prioridades y metas del gasto--o tributo--de la nación deben ser decididas con el público y sus representantes y escuchando muy de cerca a quienes trabajan el tema en discusión, las políticas culturales--¿Cómo articulamos nuestras metas culturales?¿Es preferible la promoción de lectura que la del arte para alcanzarlas?--requieren criterio técnico. Eso no hace de los expertos una élite de jueces estéticos ni conduce al estalinismo. Si se discute sobre material para armar un puente, espero que sea entre físicos e ingenieros--no creo que a eso se le pueda llamar estalinismo. Como ya dije, habrán conflictos de interés--al ingeniero conectado con la producción de concreto va a preferir ese material sobre la guadua--pero hay soluciones para éste tipo de cosas, como la acreditación y la evaluación externa por pares.

Por cierto, yo tiendo a estar de acuerdo con el Dr. Gaviria: Me parece que la promoción de la lectura es más importante que la promoción del cine, la ópera y el reguetón, todos juntos. Pero me parece aún más importante que se escuche, sin intermediarios, a quienes han trabajado el tema de la cultura. También me parece que ésta no es necesariamente una disyuntiva: o cine o libros. Yo digo: Cine Y libros Y ópera Y filarmónica Y arte Y... (quizás no reguetón) ¿de dónde sacar la plata? Luego, ¿cuánto espera recaudar Hacienda por concepto de lo que, en general, podríamos llamar productos y servicios culturales? ¿Es tanta esa plata que el Estado no puede vivir sin ella? ¿Qué tan regresivo van a ser estos tributos?--bastante, me imagino. Yo creo que es mejor que la administración Uribe sea frentera, como dice ser, y de una vez por todas diga que la cultura y la ciencia no son prioridades del Estado, o al menos no son más prioritarias que el bluyin y el calzoncillo. Así, al menos, gana puntos en honestidad.

La tesis de Vargas, si Anónimo la reprodujo de manera fidedigna, es obvia y trivial--la respuesta es NO. Pero el que no se apoye a todo no implica que no se opoye a nada, o que el apoyo se base en evaluaciones subjectivas como el "talento natural", o mi apreciación del cine iraní. Decidamos prioridades y escuchemos a los expertos a ver como llegamos a donde queremos llegar.

Finalmente, "algo como lo que dice el tal Sr. Tertius sólo se puede decir en Colombia, en otros sitios le darían una bofetada". ¿Sólo en Colombia?¿Podría especificar dónde me gano una bofetada por mi opinión (que, por cierto, no tiene nada de original)? Porque la he dicho en muchas partes--de hecho, quizás no en Colombia--, y hasta ahora no me ha caido el primer golpe. Ojo con el lenguaje, Sr. Ruiz.

sillogysmes_mao dijo...

Aforismo inhalado en la picina publica del distrito Wu Ming de Shangai. " Detras de una gran masa siempre
hay en un reformista de mierda."

silogysmes_mao dijo...

Apoyemos el cine nacional. Encargemosle un buen guion a Efraimedina.

sillogysmes_mao dijo...

DICEN QUE DON ERNESTO CARDENAL TODAVIA REALIZA TALLERES DE POESIA ENTRE COMUNIDADES CAMPESINAS.

Alejandro Gaviria dijo...

Sr. Tertius: me parece importante que se escuche a los intermediarios de la cultura. Lo que no creo conveniente es que se les otorgue una prerrogativa absoluta sobre una porción del presupuesto. Creo que su metáfora del puente no funciona. Si yo quiero montar una exposición, llamo a un curador. Si quiero montar una opera, a un escenográfo. Si quiero construir un puente, a un ingeniero. Pero para decidir sobre el destino de la plata de todos, toca apelar al Congreso y a la deliberación pública.

sillogysmes_mao dijo...

CINE Y PORNO-TERROR. Doug Sakmann intenta 'algo' especial en un mercado que esta saturado de productos.Su "Backseat Conceptions" inagura un nuevo sendero luminoso que puede animar a los jovenes realizadores colombianos.La Red seria puente encaminador.

Reinaldo Leyton Cruz dijo...

Dr. Gaviria:

Leí su columna del Espectador de la semana anterior y de verás que me pareció acertado e interesante el análisis que Usted hizo.

No obstante lo anterior considero necesario sugerirle que tenga especial ciudado cuando de tomar cifras o cálculos de otra persona se trate. Esto se lo planteo en consideración a que en su columna se incluye una cifra "mentirosa y exagerada" atribuida a Jorge Orlando Melo según la cual "Bogotá invierte anualmente ... tres millones por asistente a los conciertos de la Filarmónica".

Si lo indicado por Melo fuese cierto a los conciertos de la Orquesta Filarmónica para el año 2006 sólo asistirían 5.200 personas, puesto que el presupuesto de esta Entidad se fijó en $15.600 millones. Pero la realidad es otra si observa a que los conciertos de esta agrupación asisten más 200.000 personas al año, que se calculan así:

Cerca de 60.000 personas asisten a los conciertos que se efectúan los sábados en el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional y los viernes en el auditorio de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. (En promedio 1.250 personas asisten cada semana a estos conciertos -48 semanas al año).

Aproximadamente 120.000 estudiantes de las instituciones educativas oficiales asisten anualmente a los Conciertos Didácticos que ofrece la Orquesta en las distintas Localidades de la ciudad.

Más de 50.000 personas asisten a las presentaciones multitudinarias que hace la Orquesta en la Plaza de Bolívar, los Parque Simón Bolívar y El Tunal, el Estadio El Campín y otros escenarios en el marco de las distintas actividades culturales que realiza la Administración Distrital durante el año.

Con los datos anteriores se puede estimar en más de 230.000 el número de personas que anualmente asistente a los conciertos de la Filarmónica. Así las cosas el costo por asistente/año a uno de ellos no es de $3 millones como erróneamente se indicó sino de sólo $68.000, vale decir 43 veces menos que lo estimado por el señor Melo.

Aunque no soy funcionario de la Orquesta si tengo conocimiento sobre este particular. Pero si existe alguna duda sobre esta información le sugiero comunicarse con la Asociación de Profesores y Trabajadores de la Orquesta Filarmónica de Bogota -ASPROFIBO Tel 245-76-29 o al email: asprofibo@hotmail.com

Finalmente, quiero agradecerle su gentileza por haberme respondido hace algunos meses mis comentarios sobre un artículo suyo relacionado con la alimentación y la nutrición.

Cordialmente,

Reinaldo Leyton Cruz

Alejandro Gaviria dijo...

Para Reinaldo Leyton:

Le copio la explicación de J.O. Melo sobre los datos de la Filarmórnica:

"Lo de Bogotá es más sorprendente, si se piensa que gasta 15.000 millones en la Filarmónica (en una ciudad que tiene otra sinfónica): como a sus 50 conciertos van en promedio 500 personas, son unas 25.000 asistentes al año. Así fueran 50.000, como son los mismos 5.000 que van a 10 conciertos, esto quiere decir que el distrito le regala a los beneficiarios de su politica cultural sinfónica probablemente unos 3 millones de pesos por cabeza: 4.000 pesos para que un niño de la escuela desarrolle su capacidad cultural, 3 millones para cada gomoso de clase media o alta que quiera ir a conciertos...."

Jaime Ruiz dijo...

A mí hablar de estalinismo con respecto a toda esa concepción me parece injurioso para los estalinistas. Es sólo el viejo esclavismo, esa concepción de que hay una comunidad que posee una cultura que debe pagar el Estado quitándoselo al bienestar de los pobres habría avergonzado al mismo Stalin. Hay un "nosotros" que incluye al Sr. Tertius y al que sufre náuseas y esa corporación posee un país que necesita una cultura fílmica: en ese país hay gente analfabeta, hambrienta, desnutrida, masacrada..., pero eso no importa, porque necesitan que vengan los expertos en cine a ver cómo se gastan los recursos por ejemplo de la educación en hacer sus películas. Creo que al Sr. Tertius no lo han entendido bien en ningún país civilizado, cosa previsible pues nadie sabe de qué se trata.

Bueno, si se pone el caso de la música clásica, a pesar de esa inversión increíble a esa orquesta no la invitan a dar conciertos en salas importantes, no graba discos que sean reseñados en los medios musicales, no forma a virtuosos ni mucho menos, y sobre todo no está expuesta a ninguna evaluación: sólo es que hay unas personas bien relacionadas que necesitan sus rentas y para eso hay un Estado. Si alguien esperara que la música clásica en Colombia avanzara no debería contar por nada del mundo con esa gente.

Uf, qué triste andar repitiendo lo obvio: no es raro que al Sr. Tertius A. Gaviria le parezca "conservador". Él es progresista, algo que se puede definir a medias entre Chávez y Evo Morales. Dios mío.

Sergio Méndez dijo...

Sergio: lo primero que habría que entender es que las exenciones son una forma de gasto público. En la contabilidad presupuestal internacional se les llama “tax expenditures”. Cuando el Estado no le cobra IVA a los conciertos de reguetón está ayudando a los asistentes a financiar su boleta . O cuando le permite a RCN deducir el 125% de lo que invierten en sus producciones, está ayudando a una empresa privada a financiar una actividad empresarial. El lenguaje que propongo en la columna no es un lenguaje caprichoso. Su utilidad radica en la transparencia. Muchos se escandalizarían si encontraran en el presupuesto una partida de 10.000 millones para la promoción del cine (el Plan Nacional de Lectura tiene 7.000) pero como la cosa está escondida en una exención nadie dice nada.

No es nada personal profesor Gaviria, pero cuando leo este tipo de cosas siento una renovada desconfianza ante la tecnocracia, que en su caso proviene de la facultad de economía de los Andes ¿Cómo que cuando el Estado no cobra un impuesto ESTA AYUDANDO a la gente a pagarlo? ¿Cual es la diferencia entre subsidio e impuesto no cobrado aca? De acuerdo en que no cobrar un impuesto a una idustria en contraste con otra es un trato preferencial y discriminatorio, pero no veo como pueda ser eso considerado una "ayuda" que el Estado le da al ciudadano del común para pagar un producto.

Alejandro Gaviria dijo...

La diferencia entre subsidio e impuesto no pagado es ninguna. Al menos en un país donde se respetan las normas. No es cuestión de tecnocracia. Es sentido común refinado, como todo en economía.

Sergio Méndez dijo...

Profesor gaviria:

Por el contrario, es el sentido común el que me dice que hay una diferencia entre no tener que pagar algo y recibir dinero para algo. Y es aún más sentido común el que me dice que cuando a uno le quitan un impuesto a uno no lo "están ayudando" a pagar algo, simplemente le están dejando pagar lo que realmente vale.

Juan dijo...

Es curioso esto del arte o la cultura. Si el estado lo apoya la plata está beneficiando a las salas de cine y a los organizadores de conciertos de reguetón. Pero si el estado no lo apoya, cierran teatros y sinfónicas y solo quedan las salas de cine y los conciertos de reguetón que parecen ser los únicos económicamente viables sin algún tipo de apoyo.

En cuanto a las artes o eventos culturales creo (sin ser un experto) que la multiplicidad y diversidad de expresiones y eventos es en si mismo un fin que se debe buscar. Y para ciertos tipos de eventos esto requiere apoyos (del estado, de la empresa privada, etc.). Si para ser un buen escritor hay que toparse con buenos libros lo mismo puede decirse de otras expresiones artísticas: buenos músicos tendrán que ver orquestas, y buenos actores buenas obras de teatro.

Sin incentivos creo que es obvio que vamos a quedar tan solo con las películas extranjeras, los conciertos de reguetón y uno que otro talento que a pesar de todo sale adelante. O, si no, qué otras opciones quedan?

LaMovidaLiteraria dijo...

LA CULTURA ES EL PERFECCIONAMIENTO SUBJETIVO DE LA VIDA

Por Fernando Pessoa

Traducción de Roser Vilagrassa



Lo que denominamos cultura tiene dos formas o manifestaciones. La cultura no es sino un medio de alcanzar la perfección personal. Este perfeccionamiento puede ser directo o indirecto; al primero se le denomina arte, al segundo, ciencia. A través del arte, nosotros mismos alcanzamos una mayor perfección; a través de la ciencia, perfeccionamos en nosotros nuestro concepto, o ilusión, del mundo.

Nuestro concepto del mundo incluye el concepto que creamos de nosotros mismos. Por otra parte, el concepto que de nosotros formamos encierra también nuestro concepto de las sensaciones a través de las cuales el mundo nos es dado. Por ello sucede que en sus fundamentos subjetivos, y por consiguiente en la máxima perfección que nosotros podemos alcanzar —que no es sino la máxima correspondencia con estos mismos fundamentos subjetivos—, el arte se mezcla con la ciencia, y la ciencia se confunde con el arte.

Los artistas excelsos dedican tanto tiempo y estudio al conocimiento de las disciplinas de las que habrán de servirse, que más parecen ser sabios de aquello que imaginan, que aprendices de su imaginación. Ni en las obras ni en las formulaciones de los grandes sabios faltan explicaciones lógicas de lo sublime. De su lección se derivó la máxima «la perfección es el esplendor de lo verdadero» que la tradición, claramente equivocada, atribuyó a Platón. Y en la acción más perfecta que podemos concebir —la de aquellos a los que llamamos dioses—, unimos por instinto las dos formas de la cultura: los imaginamos creadores como artistas y a la vez eruditos como sabios. Porque aquello que crean, lo crean en su conjunto, como verdad, no como creación; y aquello que saben, lo saben en su conjunto, porque no lo descubrieron, sino que lo crearon.

Si es lícito admitir que el alma se divide en dos partes —una material y otra espíritu puro—, es lícito admitir que cualquier hombre o grupo de hombres civilizado de nuestro tiempo debe la primera a la nación a la que pertenece o en la que nació, y la segunda a la Grecia Antigua. A excepción de las fuerzas ciegas de la naturaleza, dijo Summer Maine, todo cuanto se mueve en este mundo es griego en su origen.

Los griegos, que todavía nos gobiernan más allá de sus tumbas derruidas, concibieron a dos dioses como creadores de todas las formas de arte que aún hoy les debemos, y lo único que no crearon a partir de éstas fue la necesidad y la imperfección. Atribuyeron al dios Apolo la unión instintiva de la sensibilidad y el entendimiento, de la cual surgió el arte como belleza. Atribuyeron a la diosa Atenea la unión del arte y la ciencia, de la cual surgió el arte (al igual que la ciencia) como forma de perfección. Bajo el influjo de los dioses nace el poeta, si nosotros entendemos por poesía, como los griegos, el principio animador de todas las artes; el artista se forma con la ayuda de la diosa.

Con estos símbolos —tanto en este caso como en otros— los griegos nos enseñaron que todo tiene origen divino, es decir, extraño a nuestra razón y ajeno a nuestra voluntad. Solamente somos aquello que nos hicieron ser, y tenemos sueños en los que somos siervos orgullosos de la libertad que ni siquiera en ellos tenemos. Por ello, el nascitur que se atribuye al poeta también se atribuye a la mitad del artista. No se aprende a ser artista; se aprende, no obstante, a saber serlo. En cierto modo, con todo, un artista nato tiene mayor capacidad para mejorar su condición de artista nato. Cada uno tiene el Apolo que busca, y tendrá la Atenea que buscar. Pese a ello, tanto lo que tenemos como lo que tendremos ya nos está dado, pues todo responde a una lógica. Ya dijo Platón que Dios geometriza.

De la sensibilidad, de la personalidad perceptible que ésta determina, nace el arte a través de lo que se conoce como inspiración: el secreto callado, el «ábrete sésamo» formulado por casualidad, el eco remoto de un encantamiento.

Sin embargo, la sensibilidad aislada no genera arte; ésta tan sólo es su condición, como el deseo lo es del propósito. Es necesario que aquello a lo que la sensibilidad secunda se una a aquello que la razón le niega. De este modo, se establece un equilibrio; y el equilibrio es el fundamento de la vida. El arte es la expresión de un equilibrio entre la subjetividad de la emoción y la objetividad de la razón, que, como emoción y razón, y como subjetiva y objetiva respectivamente, se intercalan y, por esto, al conciliarse se equilibran.

Para que el arte pueda nacer, ha de ser de un individuo; para no morir, ha de ser ajeno a éste. Debe nacer en el individuo por lo que éste tiene de individual, que no en lo que éste tiene de individual. En el artista nato, la sensibilidad subjetiva y personal también es, al serlo, objetiva e impersonal. Con ello se observa que tal sensibilidad ya encierra, como un instinto, la razón, y que existe, por tanto, fusión, que no sólo conciliación, de estos dos elementos del espíritu.

La sensibilidad conduce normalmente a la acción; la razón, a la contemplación. El arte, donde estos dos elemento se funden, es una contemplación activa, una acción pasiva. Esta fusión, compleja en su origen, sencilla en su resultado, es la que los griegos atribuyeron a Apolo, cuya acción es la melodía. Esta doble unidad, por tanto, no tiene valor alguno como arte más que con sus elementos no sólo unidos, sino equivalentes.

Falto de sensibilidad y de individualidad, el arte es una matemática sin verdad. Por mucho que un hombre aprenda, nunca aprende a ser quien no es; si no es un artista, nunca será un artista, y del arte fingido se dirá lo que Scaliger dijo del arte de Erasmo: ex alieno ingenio poeta, ex suo versificator («poeta por ingenio ajeno, versificador por el propio»).

Por tanto, falto de razón y de objetividad, en el genio destaca la locura en la cual el arte se basa; en el talento, el asombro en el que se fundamenta; en el ingenio, la singularidad en la que tiene origen. El individuo mata la individualidad.

En el arte buscamos un perfeccionamiento directo, ya sea pasajero, constante o permanente. Nuestra condición y las circunstancias determinaran el tipo, el grado, de nuestra elección.

El perfeccionamiento pasajero es el del olvido, porque, como lo que tenemos de imperfecto está en nosotros por fuerza, el acto de perfeccionarnos de forma pasajera, es decir, sin perfeccionamiento, no puede ser otra cosa que olvidarnos de nosotros y de nuestra imperfección. Por naturaleza, las artes inferiores —la danza, el canto, la representación— secundan este olvido. Su única finalidad es distraer y entretener, y, si exceden esta finalidad, también se exceden a sí mismas.

El perfeccionamiento constante significa no el perfeccionamiento en sí mismo, sino la presencia constante de estímulos para éste. Los estímulos, sin embargo, sólo proceden del exterior; tanto más intensos cuanto más exteriores; tanto más exteriores cuanto más físicos y concretos. Las artes superiores concretas —la pintura, la escultura, la arquitectura— secundan por naturaleza este estímulo constante, cuya única finalidad es adornar y embellecer. Son constantes como perfeccionamiento y sin embargo permanentes como estímulos de éste; de ahí que sean superiores. Con todo, en ellas puede tener cabida, al igual que todo lo concreto, una animación de lo abstracto; en la medida en que lo hicieran sin alejarse de su objetivo, se excederían a sí mismas.

El perfeccionamiento permanente no puede darse sino por aquello que en el hombre es de por sí más permanente y más perfeccionado. Al actuar sobre ese elemento del espíritu y animarlo, el arte hará que el hombre viva cada vez más en él, le hará vivir una vida cada vez más perfecta. La abstracción es el último efecto de la evolución del cerebro, la última manifestación que el destino hace de sí mismo en el individuo. Es incluso la abstracción substancialmente permanente; en ella y en su actuación, a la que denominamos razón, el hombre no vive como un siervo de sí mismo, como en la sensibilidad, no piensa de forma superficial con respecto a la sociedad, como la razón: vive y piensa sub specie aeternitatis, como un ser independiente y profundo. En ella, pues, y por ella, debe desarrollarse el perfeccionamiento permanente del individuo. Las artes que por naturaleza secundan tal perfeccionamiento son las artes superiores y abstractas: la música, la literatura e incluso la filosofía, que se incluye impropiamente entre las ciencias, como si ésta fuera algo más que el ejercicio del espíritu al idear mundos imposibles.

De este modo, por tanto, como cualquiera de las artes superiores puede descender al nivel de la más ínfima, una vez cumplido el objetivo que por naturaleza le corresponde, las artes inferiores y las concretas también pueden ascender, en cierto modo, al nivel de la suprema. De forma que todo arte, independientemente de su posición natural, debe tender a la abstracción de las artes superiores.

Los elementos abstractos que puede haber en todo arte y que pueden, por tanto, destacar en éste son tres: la ordenación lógica del todo en sus partes, el conocimiento objetivo de la materia a la que da forma, y el exceso de un pensamiento abstracto en tal arte. En mayor o menor grado, estos elementos pueden manifestarse en todas las artes, aunque sólo en las artes abstractas —y sobre todo en la literatura, la más completa de todas— puedan manifestarse enteramente.

La misma abstracción también es un estado supremo de la ciencia. Ésta tiende a ser matemática, es decir, abstracta, a medida que se eleva y se perfecciona. Así pues, es en el nivel de la abstracción donde el arte y la ciencia —al elevarse ambas— se concilian, como dos caminos que se unen en la cumbre para luego bifurcarse. Este es el imperio de Atenea y su acción es la armonía.

Como toda ciencia se inclina a la matemática, se inclina, de este modo, a una abstracción concreta, aplicable a la realidad y demostrable en sus movimientos físicos. Así, todo arte, por más que se eleve, no puede desprenderse de la razón ni de la sensibilidad, en cuya fusión se creó y originó. Donde no haya armonía, equilibrio de elementos opuestos, no habrá ciencia ni arte, ya que ni siquiera habrá vida. Apolo representa el equilibrio de lo subjetivo y lo objetivo; Atenea encarna la armonía de lo concreto y lo abstracto. El arte supremo es el resultado de la armonía entre la particularidad de la emoción y de la razón, que pertenecen al hombre y al tiempo, y a la universalidad de la razón que, para pertenecer a todos los hombres y tiempos, no es de ningún hombre ni de ningún tiempo. De este modo, el producto formado tendrá vida en cuanto concreto y organización en cuanto abstracto. Aristóteles estableció este concepto una vez y para siempre en una frase que recoge toda la estética: un poema, dijo, es un animal.

Aún existe el preconcepto —nacido o considerado solamente en las formas inferiores del arte, o considerado como inferior a cualquiera de ellas— de que el arte debe ser fuente de alegría o de placer. Que nadie imagine, al olvidar los elevados fines del arte, que el arte supremo debe proporcionarle alegría, o, incluso cuando le satisfaga, satisfacción. Si el arte ínfimo tiene por objetivo entretener, si el arte medio tiene por finalidad embellecer, el fin del arte supremo es elevar. Por este motivo el arte superior es, al contrario de los otros dos, profundamente triste. Elevar es deshumanizar, y el hombre, no se siente feliz donde ya no se siente hombre. Es cierto que el gran arte es humano; el hombre, sin embargo, es más humano que el arte.

El arte nos entristece en otro aspecto. Nos recuerda constantemente nuestra imperfección, ya porque al parecernos perfecto se opone a nuestra imperfección, ya porque el hecho de que ni siquiera el arte es perfecto es la señal de nuestra mayor imperfección.

Por esta razón los griegos, padres humanos del arte, eran un pueblo infantil y triste. Y el arte quizá no sea, en su forma suprema, más que la infancia triste de un dios futuro, la desolación humana de la inmortalidad presentida.

minaura estefanía dijo...
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