sábado, marzo 11, 2006

Las chicas del calendario

Por estos días de elecciones, los columnistas suelen dedicarse a la política: anuncian sus votos, exhiben sus preferencias, hacen sus cábalas, ensayan sus discursos, etc. Mal haría yo en criticarlos cuando sé de sus angustias. Cuando uno se encuentra 4000 caracteres bajo cero, aterido por el frío inmenso de la falta de tema, bien vale votar en voz alta o dárselas de oráculo o hablar de la gobernabilidad (vaya palabrita) o intentar una defensa de la democracia. Después de sopesar cada una de las alternativas, con la seriedad que amerita todo evento democrático, decidí que me cabía una responsabilidad superior a la misma política y que debía, entonces, escribir sobre el calendario de Florence Thomas. A veces hay que tener claras las prioridades.

Lo primero que habría que señalar es la extrañeza del asunto: un grupo de cincuentonas decide así no más desnudarse en público e insiste al mismo tiempo en ufanarse del intento. "Quisimos romper con los estereotipos de la belleza comercial. La de los 90-60-90... Queremos gritar que a los 50, una mujer puede ser bella", dijo con orgullo la combativa Florence. Muchos comentaristas nacionales han apoyado tan loable propósito. “Lo más importante del mensaje que transmiten la señora Thomas y sus amigas… es que cada edad de la mujer tiene su belleza. Para mí la cosa es sencilla: la belleza no radica en cómo me veo, sino cómo me siento”, escribió esta semana Ricardo Santamaría en una muestra de solidaridad, aunque no precisamente en un ataque de originalidad.

No sé si a Florence o a sus compañeras (o al mismo Ricardo) les estorbe o no la ropa, pero de lo que sí estoy seguro es de que no les molestan los lugares comunes. No valdría la pena, me pregunto yo, intentar una defensa de la edad sustentada en supuestos menos trillados que la belleza eterna. No cabría, por ejemplo, esgrimir un argumento proustiano, por darle algún nombre. Qué tal algo así como: la única forma de recuperar el tiempo perdido es cambiando los atributos transitorios (como la belleza) por valores extratemporales (como la sabiduría). No será, vuelvo y me pregunto, que, al insistir en la eternidad de la belleza, Florence y sus amigas están cayendo en la misma trampa de su némesis: la proverbial cuchibarbie.

Desde ya valdría la pena insistir en una ecuación inobjetable: belleza = juventud. No se trata de una perversidad cultural, ni de una conspiración capitalista, ni de un invento de Occidente, ni de una treta más de Raymundo Angulo; es simplemente una manifestación evidente de nuestro legado evolutivo; es una memoria de los tiempos, para usar una frase poética con el fin de designar un gusto prosaico de la especie. Tratar de convencernos de lo contrario sería, en las palabras del psicólogo Davis Muss, como intentar convertir un carnívoro en vegetariano. Por ello, seguramente, el calendario de Florence y sus amigas no causará repulsión, como lo insinuó Felipe Zuleta en su blog esta semana, sino desgano: el mismo que siente un león ante una tajada de lechuga.

Creo que a las chicas del calendario las anima un hambre de utopías, un intento por negar los conflictos de la condición humana: entre hombres y mujeres, entre edad y juventud, entre la sociedad y el individuo. Por ello, todo esto tiene un aire falso a Paulo Coelho, una autenticidad bien inauténtica. “En otras palabras, para envejecer bellamente, si así puede decirse, es más importante cuidarse el alma que el cuerpo”, dice Ricardo Santamaría en otro ataque de originalidad. Pero lo extraño, digo yo, es que estas señoras hayan decidido cuidarse el alma exhibiendo el cuerpo, como si necesitasen que la sociedad entera las disculpe por sus primeros asomos en la inevitable vejez.

En últimas, me quedo con la sinceridad de Florence: “Tal vez sea una tontería, pero pasamos rico".

4 comentarios:

Scared Crow dijo...

BELLEZA PARA ADOLESCENTES

Casi siempre observo lo mismo en las columnas de Alejandro, despues de una glosa de la realidad que pretende criticar y desbaratar, y casi siempre apelando a ese eterno "espiritu de contradiccion", se viene con el analisis; y éste es casi siempre sostenido por una frase genial que concentra toda la iluminacion intelectual del columnista: "Desde ya valdría la pena insistir en una ecuación inobjetable: belleza = juventud."; esta vez a Gaviria le deja sin cuidado el lugar comun que tanto aborrece; comulga entonces con toda la superficialidad y termina escribiendo una nota que se muerde la cola: "oroboro" se llama. Critica a Santamaria por "original" acudiendo a una sentencia tan relativa; supongo entonces que para Alejandro el ideal artistico este hecho de primaveras y ninfas entregadas; pero creo que la belleza va mas alla, pero mucho, de la simple juventud; y no debato aqui los otros "atributos" que para Gaviria definen la belleza: sabiduria etc. Creo que lo que intentaron hacer las "cuchibarbies" fue extirpar esa temporalidad que a mi juicio es el falso ideal de la belleza.

Adán dijo...

Ayer leí de pasada el comentario de Alejandro y pensé que seguramente replicaría alguna tontería al respecto. Que claro, entre una de cincuenta y dos de veinticinco, me quedo con las últimas, o que tal vez no, que una de las viejongas sería mucho más divertida para el post-polvo, y que ésta tendría recursos que aquellas ni soñarían.

Tal vez contaría que una de las aspiraciones de mi primera juventud fue la de participar en el equipo de Gloria Triana y Jorge Ruiz en la época de Yuruparí. Que temblé de emoción cuando hace relativamente poco en Cartagena nos tropezamos hombro a hombro caminando en sentidos contrarios por un andén estrechito de los de allá, y que no quiero, a estas alturas, verla en bola.

Podría meterme en una probablemente deliciosa discusión con Mauri, el analista estilístico de Alejandro, sobre la demostración o la negación de la ecuación belleza = juventud. Incitaría a los seguidores del prototipo Natalia París o a los partidarios de Florence, citaría los versos de Homero sobre la “triste y cruel vejez”, todo eso, pero no. No tengo ganas.

Hoy lunes 13 de marzo otra vez corroboramos que el esquema de democracia representativa tiene entre nosotros unas deficiencias enormes en la aplicabilidad. Son las normas, las reglas del juego y es indispensable aceptarlas, pero ¡qué duras! Pese a las numerosas evidencias, a los avisos y advertencias, consejos y sugerencias, la gente cuando vota obedece a una necesidad inmediata, concreta. Vota por la posibilidad de un beneficio que aunque sea mínimo, banal (un puesto, una beca, una camiseta), como proyecto es más tangible para él en su calidad de individuo, que otro a largo plazo, que de pronto repercuta sobre un gremio o un grupo del que, sin creerlo, haga parte, con el que no se identifica y que además está disuelto entre los vericuetos de un distante futuro. He ahí la explicación para decidir como prioritaria la educación en los planes de desarrollo. Solo con ella la gente cambiará posturas. Solo así se podrá implementar un manual de convivencia donde la vida sea sagrada. Es la única forma como enderezaremos las taras idiosincrásicas que cargamos.

Si no, entre otros males, mantendremos un legislativo más lleno de tránsfugas y de gatos con votos que de gente como las que representan los mockusianos, peñalosistas, polistas y uno que otro liberal o conservador.

Anónimo dijo...

“Cuando sea grande quiero ser vieja. Vieja como esa abuela orgullosa e imperiosamente gorda que tengo; libre de la necesidad de tener que hacer “algo” o de ser “alguien” y definitivamente, sin lugar a dudas, no quiero, por ningún motivo, ser sexy”. … Habrá llegado el momento de colgar los tacones y sacar los chocolates”.
Lakshmy Chaudhry

Anónimo dijo...

Keep up the good work »