sábado, octubre 20, 2018

Coincidencias

Llegué al aeropuerto temprano. Tenía una presentación en la feria del libro de Cali y no quería correr riesgos ni pasar apuros. Esperé tranquilamente casi una hora sin los afanes y agobios de mi vida previa.

Ya en el avión hubo un pequeño retraso. Una conmoción menor. Oí que llamaban insistentemente a un pasajero que nunca llegó: "Roberto... favor presentarse a la cabina". Mi indiferencia, me doy cuenta ahora, omitió el apellido.

Aterrizamos en Cali. El conductor que debía recogerme llegó media hora tarde, exasperado, quejumbroso del tráfico y la vida. Tenía dos carteles escritos a mano, uno de ellos con mi nombre. Salimos hacia el carro, una camioneta blanca. El seguía preocupado, ansioso. Se subió y se bajó inmediatamente. Comenzó a caminar de nuevo hacia la salida de vuelos nacionales. "Falta alguien que venía en el mismo vuelo", me dijo. Vi que el otro cartel decía "Roberto...". No alcancé a leer el apellido.

Después de varios minutos regresó resignado. "Vamonos, yo no vi a nadie más esperando", le dije. Salimos. Su teléfono no paraba de sonar.  Alguien preguntaba insistentemente por Roberto. "No llegó", decía el conductor. La llamada y la respuesta se repitieron tres veces. "Averigüe el celular de Roberto", dije en un intento por apaciguar el conflicto en ciernes.

Llegué a mi destino. El conductor seguía preocupado por el pasajero ausente. "Nunca apareció el otro señor, Roberto Burgos", explicó de manera defensiva. Andrés Grillo de Planeta, quien estaba allí, inquieto por la tardanza, consciente ya del problema, aclaró el sentido de la tragicomedia: "Roberto Burgos murió hace unos días". La vida parecía no resignarse a su ausencia, pensé. Uno sigue viviendo por un tiempo en las bases de datos, en la logística del mundo, en carteles y parlantes. En fin, la inercia de las cosas.

Hace un mes largo llegamos juntos a la Feria del libro de Bucaramanga Jorge Orlando Melo, Mario Mendoza, Roberto Burgos y yo. La logística funcionó aquella vez sin tropiezos. Ese día lo vi por última vez. Nunca coincidimos. Me habría gustado conversar con él. Oir sus historias. Empaparme de su sabiduría. No pude. Nuestra cita inesperada nunca fue. Me quedó esta historia de fantasmas y ausencias. Así es la vida. Nos regala algunas coincidencias como consuelo.

martes, octubre 02, 2018

Solo Islandia

Durante los últimos dos años 25 mil personas han sido asesinadas (jibaros, consumidores ocasionales de drogas, etc.) en Filipinas por la policía o los llamados “vigilantes”. La policía ha compilado una “lista de las drogas” que parece anticipar una sentencia de muerte. Las victimas son usualmente arrojadas en la calle o en los patios de sus viviendas. 

El presidente Rodrigo Duterte cuenta con una impunidad casi absoluta. Destituyó recientemente a la presidenta de la Corte Suprema y decidió hace unos meses retirarse de la Corte Penal Internacional. 

¿Qué dice la Iglesia Católica en Filipinas?
Nada. 

¿Qué ha dicho el Papa?
Nada. 

¿Qué ha dicho el gobierno de China?
Nada. 

¿Qué dicen Japón y Corea de Sur, los principales donantes y promotores del desarrollo en Filipinas?
Nada. 

¿Qué ha dicho los Estados Unidos?
Nada. 

¿Qué dice la Unión Europa?
Casi nada, un pronunciamiento tímido sobre posibles condicionantes a la ayuda externa. 

Solo Islandia alzó su voz de protesta ante un genocidio sin nombre. Solo Islandia asumió una posición clara, se pronunció de manera vehemente en el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas en Ginebra (Naciones Unidas ha comenzado algunas indagaciones).

La indiferencia, el oportunismo y los intereses particulares son la norma. Una isla remota de 300 mil habitantes es la excepción, un último resquicio de solidaridad y humanismo.

jueves, septiembre 13, 2018

Una noticia


Se dicen arqueólogos

Pero son una suerte de poetas obsesivos, escrutadores

Pasan la vida de rodillas, esculcan la tierra en busca de restos y misterios

Inventan cuentos, hacen conjeturas, especulan con dioses y desastres

Uno de ellos encontró un pedazo de piedra atravesado por líneas cruzadas, un dibujo hecho hace setenta mil años con una crayola prehistórica de punta roma y color ocre

Un microscopio electrónico confirmó el milagro, la paternidad humana de la geometría incipiente

Los poetas le dieron un nombre cifrado, G7bCCC-L13

Dicen que es un símbolo, pero podría ser una marca utilitaria, unas rayas caprichosas, cualquier cosa

Nunca lo sabremos, el pasado es inescrutable, asunto de poetas

Parece un # dicen algunos

Asombra la coincidencia, insinúa que somos los mismos

Marcamos las piedras y dejamos que se las l
leve el tiempo

#humanos

viernes, septiembre 07, 2018

Economía política de la política económica



(Reseña del libro "Economía política de la política económica" escrito por Leopoldo Fergusson y Pablo Querubin)

Este libro es una introducción completa, no exhaustiva advierten los autores, pero sin duda completa a la llamada nueva economía política. El libro es riguroso, bien escrito, cuidadosamente editado. No encontré un solo error de mecanografía o desliz ortográfico. Los autores, además, siguen esa necesaria norma de cortesía con los lectores: la claridad, la obsesión por completar los argumentos, los paréntesis adecuados, las síntesis recurrentes, etc. Cada capítulo termina con una serie de conclusiones. El último capítulo resume los previos. Muchos capítulos referencian a los anteriores y posteriores. En fin, los autores son conscientes de la necesidad de conectar los modelos, de entretejer las historias. En los buenos libros el todo tiene que ser mayor que la suma de las partes y este libro, lo digo sin reservas, es un buen libro. 

Quiero compartir cinco reflexiones suscitadas por la lectura del libro. Debo confesar que no seguí todas las deducciones matemáticas. Mi intención, desde el comienzo, desde la primera lectura, fue una intención distinta. Quise aproximarme al libro desde arriba, panorámicamente. Asumí de manera deliberada una visión indiferente a la minucia de los argumentos rigurosos. Una visión más generalista, más integral. Totalizante, podría llamarla a riesgo de sonar un poco pedante. 

Primera idea: la complejidad de la política


El libro desarrolla varias de las ideas más importantes de la economía política: el teorema de imposibilidad de Arrow, los problemas de agencia entre elegidos y electores, los problemas de credibilidad o inconsistencia intertemporal, la tragedia de los comunes, etc. Estas ideas puestas así, juntas, sugieren un hecho innegable: la política es difícil. La tensión entre lo individual y lo colectivo casi nunca tiene una solución óptima. Los conflictos de interés no tienen una solución definitiva. Por lo tanto los arreglos sociales, las instituciones para decirlo claramente, muchas veces constituyen equilibrios precarios o inestables. 

Al terminar el libro, pensé que, en conjunto, los modelos presentados favorecen una visión trágica de la política: la idea de que, en la vida colectiva, uno usualmente cambia un problema por otro. El libro presenta un completo inventario de los problemas políticos, pero es más parco en las soluciones. Por una razón: no las conocemos plenamente. Hay esbozos, sugerencias, propuestas, pero no salidas definitivas. Estas no existen. 

Si esto es así, deberíamos ser un poco más benévolos en nuestros juicios sobre los políticos. No la tienen fácil. Intentan lo imposible. "Quizás haya llegado la hora de decir definitivamente adiós a la costumbre de insultar a los políticos”, escribió hace unos años el escritor alemán Hans Magnus Enzensberger. Los autores, implícitamente, le dan la razón. 

Segunda idea: el divorcio entre el estudio objetivo de la política y la opinión indignada de todos los días. 


Quiero comenzar esta discusión con una estadística inventada: 87,9% de las columnas de prensa en Colombia y el mundo versan sobre el mismo tema: son peroratas indignadas acerca del hecho aparentemente obvio de que los políticos suelen comportarse como políticos. 

En el libro los políticos, por supuesto, se comportan como políticos. Los autores no protestan al respecto. Los tratan como lo haría un biólogo con un escarabajo. Neutralmente. Sin hacer juicios de valor. El lenguaje es incluso distante. No se habla de corrupción, sino de “rentas endógenas”. Los políticos se dividen en “oportunistas” y “partidistas”: los primeros solo quieren ganar elecciones, los segundos tienen algunas ideas o preferencias propias. Pero la clasificación, insisto, está exenta de juicios de valor. 

A los economistas nos han acusado muchas veces de ser amorales. La defensa implícita a esta acusación por parte de los autores es interesante. "No hemos perdido nuestro ímpetu de mejorar el mundo" , dicen tácitamente. "Pero queremos entenderlo primero". 

Hay dos pecados posibles, uno es el idealismo extremo, ingenuo. Y otro, es el exceso de realismo, parecido al cinismo. El libro no deja de lado los asuntos normativos, vuelve una y otras vez sobre los aspectos institucionales. Este énfasis propositivo lo salva del segundo problema. 

Tercera idea: ¿Y los valores?


En su último libro, La economía moral, Sam Bowles hace una clasificación interesante. Tiene en mente un posible legislador que puede asumir tres enfoques o énfasis diferentes: el aristotélico (inculcar valores y crear buenos ciudadanos), el maquiavélico (cambiar los incentivos para, así, generar comportamientos adecuados) y el humeano (crear instituciones con el fin de minimizar los efectos de los malos ciudadanos o los comportamientos inadecuados). 

Las discusiones normativas del libro, las consecuencias de los modelos presentados, corresponden al paradigma maquiavélico (no estoy siendo peyorativo, sobra decirlo). El libro contiene una discusión profunda, sofisticada, acerca de los incentivos. 

Los economistas tenemos cierta aversión a endogenizar las preferencias y a la ingeniería de valores en general. Pero en asuntos políticos este sesgo es inconveniente. Por ejemplo, pienso que los sistemas de seguridad social no comprenden solamente las instituciones o reglas de juego, dependen también de la cultura. Siempre existirán posibilidades de abuso, de tomar ventaja impunemente. Pero en algunos países o regiones o culturas, los abusos son más comunes a pesar de que las reglas de juego son las mismas.

Lo cual me lleva a la cuarta idea. 

Cuarta idea: ¿qué tan importantes son las preferencias y las ideas? 


¿Pueden las diferencias en la magnitud y alcance de las políticas redistributivas entre EE.UU. y Europa ser explicada por las percepciones acerca de las posibilidades de la movilidad? 

Yo creo que sí. La evidencia al respecto no es definitiva, pero es convincente en mi opinión. Hay una sociología de la política que no puede soslayarse. Me explico con un ejemplo. El advenimiento de la democracia se explica en el libro, siguiendo las ideas de Acemoglu y Robinson, como una concesión estratégica de las elites para evitar las revoluciones. Pero podría ser que, como consecuencia de cambios en las ideas y las preferencias, más allá de cualquier consideración estratégica, la restricción de los derechos políticos a los pobres comenzó a percibirse como inaceptable para la mayoría (incluidas las elites). 

Recuerdo una frase de Douglass North (cito de memoria): el fin de la esclavitud solo puede explicarse como resultado de un cambio en las ideas, por un rechazo mayoritario a la idea de que un hombre podía ser dueño de otro. El cambio social, en mi opinión, depende muchas veces de los cambios en los modos de pensamiento. 

En fin, creo que, al menos desde una perspectiva de largo plazo, es difícil no tener en cuenta que las preferencias son endógenas y los cambios en las ideas tienen grandes consecuencias. 

Último punto: la primacía de la selección 

Este punto es más especulativo, casi intuitivo. Después de leer los capítulos centrales del libro, los de la mitad, quedé con la siguiente impresión. Los problemas de agencia en la política son muy complejos. Casi imposibles. No hay contratos completos. La reelección a veces funciona a veces no. La prensa a veces fiscaliza a veces no. La asimetría de información es brutal. La confusión de los electores es insalvable. Los años de buen clima reelegimos a los políticos. Poco sabemos sobre sus verdaderas acciones y decisiones. 

Habida cuenta de todo esto, de la debilidad de los incentivos y la precariedad de las instituciones, la selección es clave. La selección adversa, creo, es mucho más seria que el riesgo moral. Los buenos políticos son imprescindibles. Aquellos que, a pesar de nuestros modelos, a pesar de los incentivos débiles, a pesar de todo, tratan de mejorar el mundo como cuestión de principio. Los buenos políticos sí existen. Para los malos políticos, eso sí, necesitamos el realismo de Maquiavelo y Hume, necesitamos el estudio detallado del mundo tal como lo hace este libro con rigor y claridad. 

sábado, agosto 25, 2018

Adiós a la guerra

(Reseña del libro Adiós a la guerra de Patricia Lara) 

El libro tiene tres partes. La primera es un recuento, una breve historia de la guerra, de los últimos 70 años y sus horrores que dejaron más de 220 mil asesinatos, 25 mil desaparecidos y cinco millones de desplazados. 

La segunda parte es un conjunto de testimonios de víctimas, la mayoría muy breves, deliberadamente escuetos, de tan solo una página. Patricia intenta, creo, condensar en pocas palabras el horror de la guerra. 

La tercera parte es un recuento de las negociaciones de la Habana y un resumen de los acuerdos resultantes, una especie de advertencia sobre la necesidad de valorar el significado histórico de los acuerdos. 

Sobre la primera parte, quiero simplemente hacer explícita una división, una discontinuidad en la historia del conflicto. Hay un período, de 1948 a 1980, en el cual las causas del conflicto obedecieron a las luchas por la tierra, las restricciones a la democracia y la desigualdad social. Pero la naturaleza y la intensidad del conflicto cambiaron de manera sustancial en los años ochenta con la llegada del narcotráfico. En palabras de la historiadora Mary Roldán, el comercio de cocaína “rompió la tradición, transformó las costumbres sociales, reestructuró la moral, el pensamiento y las expectativas”. 

El conflicto histórico, centrado en las luchas ideológicas, fue transformado esencialmente por el narcotráfico. El narcotráfico reveló y acentuó las debilidades institucionales, volvió la justicia inoperante y dio origen a una epidemia de crimen violento. Las guerras ideológicas se convirtieron, así, en guerras económicas, en luchas por las rutas y el mercado. 

Mi parte preferida del libro es la segunda. Los testimonios presentados son una crónica del sufrimiento humano, pero no son solo eso. En conjunto, son un grito colectivo sobre los horrores de la guerra y el imperativo (ético, social, histórico, lo que sea) de evitar su repetición. Patricia quiere recordarnos, nunca está de más, la magnitud de nuestra tragedia. 

Hay en varios de los testimonios, una constante, una historia que se repite. Las victimarios, llámese guerrilleros o paramilitares, se muestran arrepentidos, desconcertados, incapaces de explicar sus desafueros, los asesinatos de los Turbay Cote, de Jorge Cristo, de Jaime Garzón, y de los diputados del Valle, etc. “Fue el peor error que cometimos”, “nos equivocamos”, “todavía lo reprochamos”, dicen una y otra vez. 

Es como si la guerra hubiese desatado una maquinaria de muerte que no podía detenerse, que superaba los deseos o intenciones de los participantes; un mecanismo que mataba sin mediar razón, que trascendía los designios de los señores de la guerra y los protagonistas de esta historia de terror.

Los testimonios insinúan la existencia de una fuerza implacable y voraz; la fuerza de la guerra que parece tener una intencionalidad propia, que solo aspira a reproducirse a sí misma; una fuerza ciega, indiferente, casi una pesadilla a lo Schopenhauer. 

Los acuerdos de paz pretendieron, de manera ordenada, con una mezcla de voluntad y método, con errores y extravíos por supuesto, pero también con empeño y conocimiento, detener esa fuerza, “la fábrica de víctimas”, como la llamó el presidente Santos. 

Así, el libro nos recuerda las dificultades para alcanzar un acuerdo imperfecto. No fue fácil. Requirió mucho trabajo. Yo lo he dicho varias veces, y lo repito ahora. Pertenezco a la escuela del liberalismo trágico. Parto casi siempre de una hipótesis simple. Si la sensatez, el conocimiento práctico y el trabajo comprometido hicieron parte del proceso (y así ocurrió en los diálogos de La Habana), probablemente estamos ante el mejor de los mundos o acuerdos posibles. La crítica puntual, que desconoce el contexto, que obvia las dificultades del proceso, suele ser poco más que un ejercicio de fácil especulación retrospectiva. 

Patricia ha dicho, en varias entrevistas recientes, que el futuro depende de la voluntad del nuevo gobierno y la clase política. Así lo creo. Este libro es, en últimas, una advertencia sobre la responsabilidad que nos incumbe a todos, gobernantes y ciudadanos, de proteger la paz. 

El título es simple Adiós a la guerra. Pero el mensaje es si se quiere más poderoso, más urgente, más crucial, “cuidemos la paz”.

domingo, agosto 19, 2018

Una comedia conradiana


En su reciente biografía intelectual del novelista Joseph Conrad, Maya Jasanoff argumenta que Conrad fue, ante todo, un perspicaz cronista de la globalización, que sus novelas examinan minuciosamente las consecuencias morales y económicas de un mundo interconectado, y los cambios ocasionados por el telégrafo, los barcos a vapor y las diferentes tecnologías que, a finales del siglo XIX, acercaron a todas las gentes del mundo. 

En palabras de Jasanoff,

En todos sus escritos, donde fuera que ocurrieran, Conrad lidió con las ramificaciones de vivir en un mundo global: las implicaciones materiales y morales del desarraigo, la tensión y las oportunidades de las sociedades multiétnicas, la ruptura causada por la tecnología. En un desafío implícito a la idea de Occidente de libertad individual, Conrad creía que nunca podemos realmente escapar a las restricciones impuestas por fuerzas superiores a nosotros mismos, que incluso los más libres están encerrados en lo que suelen llamar destino. 

En su novela americana (que es también su principal novel política), Nostromo, Conrad despliega su proverbial pesimismo. La inestabilidad política parece determinar o restringir decididamente las vidas de los habitantes de la república ficticia de Costaguana: “las causas fundamentales las mismas de siempre, enraizadas en la inmadurez política del pueblo, en la indolencia de las clases altas y la cerrazón mental de las bajas”. Nostromo es, si se quiere, una crítica a los límites del desarrollo basado en el bienestar material, a las trampas del capitalismo del siglo XIX. 

La novela Mar de Leva de Octavio Escobar Giraldo vuelve sobre el mismo escenario conradiano más de un siglo después con el propósito (implícito, digamos) de componer una renovada crítica a las trampas del capitalismo y la globalización del siglo XXI. “Todos tomamos el té a las cinco, leemos el New York Times y usamos ropa Armani”, dice sin ironía una de las protagonistas. 

En Sulaco, escindido de Costaguana ya por muchos años, el contexto decimonónico es historia. La antigua mina de plata se convirtió en un parque de diversiones, los antiguos conventos de clausura fueron transformados en hoteles, los viejos edificios públicos pasaron a ser centros comerciales, los animales están ahora embalsamados en los restaurantes y el turismo sexual es un importante reglón económico. En fin, la globalización convirtió buena parte de la economía de Sulaco en una suerte de disneylandia decadente y transformó a sus habitantes en empleados de las industrias del entretenimiento: meseros, bailarines, músicos, prostitutas, etc. 

En la novela, en un sentido claramente conradiano, las fuerzas de la globalización están por encima de las esperanzas y deseos de las personas, de los distintos protagonistas que parecen puestos allí para representar los extravíos del capitalismo de estos años inciertos en estos países tropicales. Humans of late capitalism, los llama una cuenta de Twitter: esos son, en mi opinión, los protagonistas de esta comedia conradiana (si cabe la contradicción). Los invito a leerla. De vez en cuando vale la pena mirarnos en el espejo de nuestras propias faltas.

viernes, julio 27, 2018

Buenas noticias

A pesar del pesimismo oportunista, de la algarabía amarillista de todos los días, analistas y observadores usualmente reconocen el progreso social, la mejoría sistemática de la mayoría de los indicadores sociales: la pobreza, el acceso a los servicios públicos, la mortalidad infantil, la esperanza de vida, etc. 

Muchos señalan, sin embargo, que este progreso nos es exclusivo de nuestro país, que ocurre, por el contrario, en la gran mayoría de los países en desarrollo, salvo alguna catástrofe humanitaria como la de Venezuela o Siria. Surge, entonces, una pregunta abierta: ¿ha sido ese progreso más rápido en Colombia que en la región? ¿Hemos podido avanzar a un ritmo más rápido del que uno esperaría habida cuenta de la inercia de las circunstancias?

La respuesta parece ser sí. Colombia ha progresado, en años recientes, a un ritmo superior al promedio regional. Los datos disponibles muestran de manera clara que el progreso socioeconómico de nuestro país ha sido notable en el ámbito regional.

Esta entrada analiza cuatro variables: la pobreza, la desigualdad, la fecundidad adolescente y la cobertura de educación terciaria. 
En todas Colombia progresó más rápido que en la región como un todo.

1. Pobreza: la tasa de pobreza, medida a partir de una línea comparable de 5,5 dólares por persona y por día, sigue siendo mayor en Colombia que en el promedio de América Latina y el Caribe (LAC). Pero la diferencia se ha cerrado de manera ostensible, pasó de 10 puntos en 2008 a 4 puntos en 2016. 


2. Desigualdad: la desigualdad, medida como la brecha (en número de veces) entre el ingreso promedio del 10% más rico y el 10% más pobre, ha disminuido mucho más rápidamente en Colombia que en el resto de la región. Desde 2015, la desigualdad en Colombia ya está por debajo de la desigualdad promedio en LAC. 


3. Fecundidad adolescente: la fecundidad adolescente, medida por el número de hijos por cada mil mujeres entre los 15 y 19 años, también ha disminuido más rápidamente en Colombia. En 2008, era similar al promedio regional. En 2015, ya era un 20% inferior. 


4. Cobertura de educación terciaria: la cobertura de educación terciaria, medida por el número de personas estudiando como porcentaje de la población de referencia, ha crecido mucho más rápido en Colombia. En las mujeres, pasó de 30% en 2008 a 50% en 2013. En LAC, en el mismo grupo poblacional y durante el mismo período, apenas creció 10 puntos. 


Por supuesto, el progreso es incompleto y si se quiere insatisfactorio. Pero ha sido notable no solo en términos absolutos, sino también en términos relativos. Algo estamos haciendo bien.