miércoles, junio 27, 2018

Juntarse para mejorar

(Discurso pronunciado en acto de reconocimiento ofrecido por algunos agentes del sector salud)

No quiero pecar de falsa modestia. Confieso que recibo este reconocimiento con agradecimiento, pero también con un poco de temor. O de inquietud.

Inquietud porque siempre he creído que uno se defiende más fácil de las críticas que de los elogios.

Inquietud porque el halago puede ser intimidatorio y el aplauso es corruptor. Los sobornos de la simpatía, bien lo sabemos, son peligrosos.

Inquietud porque las labores de los funcionarios son siempre incompletas, parciales, inacabadas. Siempre defraudaremos a alguien. Siempre, esa es la naturaleza de la democracia, habrá expectativas frustradas. Promesas incumplidas. Asuntos sin resolver.

Inquietud porque, en la civilización del espectáculo, en nuestras democracias mediatizadas, los actos de agradecimiento son vistos con suspicacia. Vivimos en un mundo extraño, un mundo en el cual los que trabajan son vilipendiados y los que critican, exaltados. El dedo acusador tiene más prestigio que la mano laboriosa. Así es la vida.

Inquietud, finalmente, porque los problemas del sistema de salud son muchos. Portentosos. Algunos en vía de solución. Otros crónicos, manejables, pero no curables plenamente.

Déjenme pasar a algunos asuntos más mundanos. El cambio social siempre es un esfuerzo colectivo. Un individuo puede subirse a un ático, encerrarse dos años y bajar después de su encierro obsesivo con el manuscrito de Cien años de soledad en la mano. El arte está lleno de proezas individuales. Pero la transformación de la sociedad necesita esfuerzos mancomunados, unión de voluntades, "cooperación", en una sola palabra.

Hay un aspecto que quisiera resaltar, una transformación reciente de nuestro sector que vale la pena traer a cuento. Históricamente hemos sido adversos a la cooperación, dados al conflicto, a una pugnacidad instintiva, convertida casi en norma de comportamiento. Aprendimos, con los años, con una destreza perversa, digámoslo así, a disfrazar el interés individual de bienestar general. Por mucho tiempo vimos a los otros agentes como adversarios. El sector solo se une, solía decir en mis tardes de desespero (y desamparo), para pedirle plata al gobierno.

Pero todo esto está cambiando. El sector parece estar aprendiendo a cooperar. Ya no todo se concibe como un conflicto. Percibo, por todos lados, alianzas incipientes, sociedades en ciernes, vestigios de cooperación. Hay un nuevo afán de juntarse para mejorar.

Habría sido más fácil buscar culpables. Habría sido mucho más fácil decirse víctimas del sistema, del gobierno o del ministro. Pero ustedes decidieron hacer lo difícil. Ponerse a trabajar, aplicarse a mejorar las cosas. Las dificultades del sistema no fueron una excusa. Todo lo contrario. Fueron un acicate.

Guardo, en un cuaderno de apuntes que me sirve de guía personal, una reflexión imprescindible del poeta ruso Joseph Brodsky: "nunca deberíamos –dice Brodsky– asumir el papel de víctimas. De todas las partes de nuestro cuerpo, hay una que debemos vigilar con especial celo: el dedo índice, pues siempre está buscando culpables. No importa qué tan difícil sea nuestra condición no conviene culpar a algo o alguien. Considerarnos víctimas ensancha el vacío de irresponsabilidad que tanto les gusta llenar a los demagogos".

La cultura de la victimización ha caracterizado a nuestro sistema de salud. Incluso a nuestra sociedad. Esta cultura ofrece un refugio interesante. Seguro. Una especie de oasis moral. Inmune a la decepción. Pero ustedes decidieron, insisto, hacer lo difícil. Ponerse a trabajar.

Quiero ahora hacer algunas reflexiones generales sobre el sistema de salud. O mejor, sobre las posibilidades de reforma. Voy a hacerlo de manera conceptual. Enunciando algunos principios generales, una doctrina que me gusta llamar "reformismo democrático".

Primer principio: una reforma legal no nos va a resolver los problemas del sistema de una buena vez. El cambio social no consiste en una disyuntiva binaria entre un sistema perverso, incorregible, y otro armonioso, inmejorable.

Segundo: el reformismo permanente, basado en el conocimiento práctico, es siempre más eficaz que el reformismo ocasional, basado en la exaltación ideológica.

Tercero: el cambio más duradero es el que se produce de abajo hacia arriba. (Un día de esta semana, al final de la tarde, me distraje escuchando las presentaciones sobre los modelos de gestión de riesgo de algunas EPS. Ahí está la reforma a la salud, pensé. Como está también en las innovaciones de calidad de los prestadores. O en el fortalecimiento de las capacidades de las entidades territoriales).

Y cuarto: debemos resistir la tentación a destruir sin haber construido. La carga de la prueba siempre estará en quien propone transformaciones absolutas.

Estos principios implican, entre otras cosas, que la tarea nunca va a estar concluida, que van a existir batallas ganadas y batallas perdidas, que los atajos son una trampa y que la transformación social requiere persistencia.

Yo ya estoy a punto de dejar la política. La política tiene mucho de farsa, bien lo sabemos. Pero sería injusto subestimar su papel transformador. Como dijo recientemente Michael Ignatieff, uno nunca abandona la política completamente. Es imposible. En los próximos años seré un espectador, prudente, pero no indiferente. Allí estaré aplaudiendo, silbando y dejando escapar –en ocasiones contadas, los epítetos suenan mejor en porciones mínimas– alguno que otro hijueputazo.

Recibo esta distinción con modestia. Como una muestra de afecto. Y tal vez como el reconocimiento a una tarea incompleta, pero esperanzadora. Siento orgullo de haber podido contribuir, en conjunto con ustedes, a la creación de una sociedad un poco más decente, más justa y más digna.

La vida me puso al frente una coincidencia irónica: ser paciente de cáncer y ministro de salud. Yo no creo en el destino. La vida es azarosa y nuestra responsabilidad consiste en aguantar con estoicismo y locuacidad, en cerrar los ojos y contar el cuento.

Más allá de toda esta carreta de autoayuda, quiero decirles que aquí sigo en pie: "sigo en pie, como dice el poeta, por latido, por costumbre, por no abrir (no quiero abrirla todavía) la ventana decisiva y mirar de una vez a la insolente muerte, esa mansa dueña de la espera".

Aquí sigo en pie gracias en buena medida a su afecto, a sus palabras de aliento y bendiciones. Aquí sigo en pie, porfiadamente, balbuceando mi afecto, diciéndoles gracias, muchas gracias. Gracias de todo corazón.

sábado, junio 16, 2018

Andrés

Oí la historia dos o tres veces
En mi infancia, en los años de la memoria
No volví a oírla nunca más
Es un recuerdo a la orilla del olvido

Hoy la recordé
(La memoria está llena de atajos imprevisibles)
Mi mamá estaba embarazada de su primer hijo
Tenía ya nombre, Andrés
Acompañó a su mamá, a mi abuela que murió hace medio siglo, a tomarse una radiografía
La radiación le produjo un aborto
Andrés nunca fue
Quedó el nombre 
Un recuerdo desvaneciente

Ese día comenzó a definirde el destino que me trajo a este mundo
Varios meses después mi mamá volvió a quedar embarazada 
Su primogénito tuvo otro nombre, Alejandro
Soy yo
Debo, como todos, mi vida al azar
A un conjunto de coincidencias tan improbable que sólo puede tener un nombre
Milagro

Solía pensar en Andrés
Darle las gracias
Nos complementamos
Mi presencia necesitó su ausencia

jueves, junio 14, 2018

Complicarse a la vida

(discurso en la ceremonia de grado --junio 13 de 2018-- en Qualia Alternativa Educativa)

A Valentina le gustan las pinturas de Van Gogh; a Valeria, los idiomas; a Mateo, las palabras; a Juan Camilo, la música; a Juan Andres, los computadores y el ajedrez; a Camila, la escritura, los acertijos verbales; a Antonio, la administración, esto es, el método aplicado a la solución de problemas prácticos; a Manuela, las leyes y el estudio de las organizaciones sociales; a Juan Sebastian, el deporte de alto rendimiento, esa fusión de talento y disciplina; y a Miguel, que no está aquí con nosotros, la academia, el mundo de la duda y el conocimiento.


Uds. son un ejemplo de diversidad de intereses, profusión de talentos y pluralidad de experimentos de vida. Quiero pensar que esta noche estamos, ante todo, celebrando esa diversidad. Pero quiero, además, resaltar otro hecho, otra circunstancia, un elemento que los une o los define a todos Uds. en medio de la diversidad. 


Lo voy a llamar oblicuidad. La vida no se vive en línea recta, hay ires y venires, vueltas y revueltas. A Uds. los une esa suerte de rebeldía geométrica, esa forma indirecta de escalar escaños, esa protesta contra las formas más burdas de predestinación.

Hace ya muchos años, veinte o algo así, en medio de una conversación animada, de esas que recordamos por siempre, mi papá me dijo, muy serio, que la declaración universal de los derechos humanos había quedado incompleta, que le había quedado faltando un artículo, una premisa en favor de la oblicuidad, el ensayo y error y las segundas oportunidades. “Si tuviera que redactar ese articulito –insistió– lo haría de manera escueta: “todo el mundo tiene derecho a cagarla, a volver a empezar”.

Yo, como algunos de Uds., he vuelto a empezar muchas veces, soy también un ejemplo de oblicuidad, de los caminos indirectos de la vida. En el colegio me iba bien en matemáticas, pero me gustaba la literatura. Decidí estudiar ingeniería por descarte, por una suerte de inercia generacional. Casi no iba a clase, pasaba los días programando computadores y leyendo literatura. Pronuncié el discurso de grado de mi promoción, una cantaleta insolente en contra de mis profesores.

Decidí estudiar economía. Inicialmente me dediqué a los temas de siempre, a rastrear los movimientos de las principales variables económicas. Iba en camino de convertirme en un yuppie, pero di otro viraje y me dediqué a la economía social, al estudio de la pobreza y la desigualdad. Seguí en todo caso leyendo literatura, tratando de encontrarle algún sentido a mi desajuste. Escribí libros y columnas. Participé en varios debates públicos. Critiqué a presidentes y ministros. A veces con justicia, otras veces con encono. Y como premio (o castigo), fui nombrado ministro de salud. Llevo seis años en este oficio extraño, una mezcla de realidad y ficción, como dicen por ahí.
 
Me he tenido que reinventar varias veces. Algunos de Uds. saben bien de que se trata ese asunto de llegar hasta el fondo, echar reversa y volver a arrancar. He cometido muchos errores. Pero he podido, con la ayudad de muchos, volver a empezar. La vida en línea recta no me gusta. O mejor, no me sale.
 
En los últimos años he pronunciado varios discursos de grado. Demasiados tal vez. Siempre lo hago con un poco de inquietud. “No se puede aleccionar a los hombres, solo guiarlos para que se busquen a sí mismos”, escribió con lucidez Michel de Montaigne. No sé qué es peor si dar consejos o recibirlos. Lo mejor, tal vez, sea tomarse todo esto con humor. “Los jóvenes no tienen nada que decir y los viejos se repiten”, dijo hace ya algunos años un malpensante italiano.
 
Sea lo que sea, quiero compartir con Uds. algunas reflexiones generales sobre la vida, sobre esa ilusión a la que llamamos libre albedrio. He recibido muchos consejos. Los he olvidado casi todos. Me entran por un oído, apenas acarician mi esencia y me salen por el otro. En otros casos ni siquiera me tocan, pasan raudos como pasan las promesas de los políticos. Materia deleznable. Palabrerías.
 
Pero recuerdo un consejo esencial. No vino de un discurso de grado. Fue más bien una admonición espontanea. Estábamos en clase de filosofía del colegio, en décimo grado, en medio del estudio de los presocráticos, esos filósofos que trataron, por primera vez, de usar la razón humana para explicar la extrañeza del mundo. De pronto, así no más, un compañero alzó la voz y preguntó insolente: “para qué complicarse la vida, para qué tanta especulación”.
 
El profesor de filosofía se levantó de su escritorio, alzó la mano para concitar la atención de la clase y dijo pausadamente: “lo bueno de la vida es complicarla”. El consejo me quedó grabado desde entonces. Parecía una paradoja, una invitación irónica, una reiteración de esa doctrina cristiana (detestable, en mi opinión) que recomienda el sufrimiento. Pero el consejo en cuestión no era una contradicción improvisada o una negación de la vida. Era más bien una invitación a vivir con los ojos abiertos, conscientemente, sin traicionarnos a nosotros mismos.
 
¿Cómo complicarse la vida? ¿Cómo responder a ese imperativo extraño? No tengo la clave, pero quisiera mencionarles, de paso, modestamente, con reticencia, tres ideas que pueden ser de alguna utilidad. Son el resultado de mis andanzas oblicuas, de mis errores y de la forma en que he tratado de vivir la vida. No son mandamientos. No me gustan los imperativos categóricos. Son sugerencias que bien pueden rechazar.
 
Primero, traten de llevar la contraria. O al menos, resistan la presión de grupo, la idea dominante según la cual tenemos que coincidir con las mayorías o con los dictados caprichosos de la opinión pública.
 
La tecnología ha aumentado los costos de la discrepancia. El que se atreve, en las redes sociales, por ejemplo, a expresar una opinión contraria, distinta o polémica, es abrumado de manera inmediata por los soldados de la medianía y los mercenarios de lo políticamente correcto. Muchas veces, preferimos, entonces, falsificar nuestras preferencias, traicionarnos a nosotros mismos, sumarnos al consenso, repetir lo que todos están repitiendo.
 
Por lo tanto, deberíamos, de vez en cuando, por fidelidad a nuestras convicciones, resistir la presión de las mayorías y decir lo que pensamos pase lo que pase. En Facebook, en una reunión familiar, en la clase, donde sea. Mientras más impopular sea la opinión más difícil será, pero también más satisfactorio.
 
Tenía yo quince años. Mi abuela me había regalado una camisa azul con el proverbial lagarto de Lacoste en el pecho. Era mi favorita por razones difusas, irrelevantes. Pero no me la ponía casi nunca con el fin de evitar las burlas de mis compañeros, quienes decían que era falsificada o chivida o alguna cosa por el estilo. El típico arribismo colegial que todos conocemos. Pero un día decidí hacer lo que quería. Comencé a usar la camisa cada semana, desafiante. Con el tiempo las burlas cesaron y me quedó a satisfacción de la lealtad a mis gustos.
 
No es fácil. En la vida pública mucho menos. La tentación del aplauso es con frecuencia irresistible. La tendencia a decir lo que otros quieren oír es casi un instinto. Somos sumisos, gregarios y temerosos. Pero nuestra individualidad depende de resistir los impulsos de uniformidad, de levantarnos un buen día y ponernos la camisa de la discordia o vociferar sin ambages nuestras opiniones en las redes sociales.
 
Los que nunca llevan la contraria no se complican la vida, pero pierden buena parte de su libertad por comodidad o indiferencia.
 
Voy a pasar ahora a mi segunda idea, mi segunda invitación a complicar la vida. Es sencilla, recoge el ideal socrático de la vida examinada, rechaza el utilitarismo facilista, inconsciente.
 
¿Estarían Uds. dispuestos a tomar una píldora, una pastillita (Soma en la novela Un Mundo Feliz de Aldous Huxley) que les garantice una felicidad plena sin efectos secundarios? ¿Creen que no hay ninguna diferencia entre hacer un viaje a un sitio remoto y meterse en una máquina que no solo reproduzca la experiencia, sino que también nos haga olvidar que fue creada en nuestra mente de manera artificial?
 
Creo que no. Todos o casi todos rechazaríamos la felicidad en forma de pastilla y los viajes artificiales.
 
La felicidad es una búsqueda que implica riesgos, que requiere oblicuidad. La felicidad en línea recta termina aburriéndonos, se convierte en una negación de la vida. Las personas felices sin conciencia son meros autómatas. Cuando yo tenía la edad de Uds., mi papá me decía con frecuencia, “feliz es un bobo chupando caña”.
 
Era una invitación a rechazar las formas inconscientes de felicidad y de llamar la atención sobre una idea poderosa, a saber: las vidas que valen la pena son más que la acumulación de momentos felices. La felicidad requiere, en últimas, complicaciones.
 
Quiero pasar ahora a mi tercera idea. Así como rechazaríamos la felicidad enlatada, así también deberíamos rechazar la verdad contenida en un solo libro, en un solo líder, en un solo credo. Las preguntas más importantes de la vida, “cómo vivir”, “qué define a una buena sociedad”, etc., tienen varias respuestas. Nadie puede responderlas por nosotros.
 
Sería fácil encontrar un sucedáneo, afiliarnos a un grupo político, sumarnos a una causa absoluta, confiar en las opiniones de un político, un profeta o un guía espiritual, pero al hacerlo, como en el caso de la pastillita, estaríamos renunciando a la vida, traicionándonos a nosotros mismos.
 
Complicarse la vida implica rechazar los atajos de las ideologías más delirantes, la sobre-simplificación de la política y los altares, las promesas de los demagogos que aspiran a gobernarnos; implica, en suma, cultivar un escepticismo sano, una cierta desconfianza hacía las ideas y los credos más convincentes.
 
Complicarse la vida implica, en últimas, aceptar su sentido trágico y reconocer, como bien lo dice Milan Kundera, la relatividad de las verdades humanas y la necesidad de hacer justicia al enemigo.
 
No quiero abrumarlos con más consejos. Mi mensaje es simple, casi trivial. Recordemos que la vida no transcurre en línea recta. Celebremos la oblicuidad y compliquemos este asunto de tres maneras obvias: rechazando las opiniones mayoritarias, la felicitad empaquetada y los dogmas más convenientes.
 
Los felicito. Les deseo la felicidad consciente. Y les recomiendo las fotos. Tómense muchas. Son un testimonio de las vueltas de la vida, de la oblicuidad y el azar que nos moldean y nos definen.
 
Un abrazo a todos de todo corazón.

martes, mayo 29, 2018

Para tener en cuenta

  1. En Colombia ya existen varios sistemas sin EPS, basados en pagadores únicos estatales, en el Magisterio, las Fuerzas Armadas y el Inpec. Todos funcionan peor (tienen más quejas por afiliado) que el sistema general
  2. De manera callada, imperceptible, el sistema general ha venido consolidando sus modelos preventivos y de gestión de riesgo (ver aquí). Eliminar las EPS echaría al traste unas capacidades acumuladas durante años. Al menos debería pensarse (imaginarse siquiera) como se van a recuperar el conocimiento práctico y las capacidades que ya existen.
  3. Cualquier propuesta de eliminación de las EPS, tiene que responder una pregunta: ¿y las deudas?  Si la liquidación de varias EPS (Caprecom, Saludcoop, Solsalud, etc.), ha sido traumática, una liquidación total sería catastrófica. Acabaría con los hospitales y generaría un caos inmanejable.
  4. El sistema de salud no consiste solamente en hacer pagos y auditar cuentas, alguien tiene que coordinar la red, manejar la referencia y contrarreferencia, hacer la representación del usuario, gestionar el riesgo, etc. En este momento no existe una entidad estatal capaz de asumir estas tareas. Montarla tomaría cinco o más años.
  5. Muchas veces, en los análisis más superficiales sobre el sistema de salud, se confunden las causas con las consecuenciasde de los problemas. Por ejemplo, se suele decir que los problemas financieros del sistema de salud en Antioquia son consecuencia de los problemas de Savia Salud, una EPS mixta en la cual el municipio de Medellín y el departamento de Antioquia son socios mayoritarios. Liquidar esta EPS y entregarles la tarea a las autoridades locales, no resuelve nada. A lo sumo le cambia de nombre al problema.
  6. Los problemas financieros del sistema de salud van más allá de las EPS. La presión tecnológica y demográfica son las causas preponderantes de estos problemas en Colombia y en el mundo.
  7. Las EPS públicas han sido, en 25 años de historia del sistema, las peores. No solo el Seguro Social, ejemplos abundan: Caprecom, Capresoca, Calisalud, las EPS transitorias de los años noventa, etc.
  8. Cuando las secretarias de salud han fungido de EPS su labor ha sido desastrosa: un informa reciente de la Contraloría muestra que la UPC implícita es tres veces mayor a la del sistema general.
  9. Los problemas son innegables. Las reformas son necesarias sin duda. Pero deben preservar los logros recientes. Colombia, para empezar, ha avanzado más en la protección financiera de sus ciudadanos que cualquier otro país de la región.
  10. Más de 70% de los colombianos está contento con su EPS.

lunes, mayo 28, 2018

El país progresa

Pongan las notas de píe de página que quieran poner, hagan las salvedades que quieran hacer (incompleto, insuficiente, parcial, etc.), digan todo lo que quieran decir, pero el progreso reciente de nuestro país es innegable. Toca acelerarlo, consolidarlo, expandirlo, pero también protegerlo.

Los siguientes cinco gráficos (no son exhaustivos, son solo una muestra) sugieren una transformación social real. Importante. Contradictoria con el pesimismo oportunista e impostado.




Y habría que agregar, por supuesto, la reducción en la tasa de homicidios. La tasa actual es la menor de los últimos 42 años. El país progresa.

viernes, mayo 11, 2018

Salud de la mujer

Esta semana tuve la oportunidad (el privilegio, podría decir) de asistir al congreso anual de Fecolsog (la Federación Colombiana de Obstetricia y Ginecología). La Federación estaba cumpliendo 50 años y creí conveniente hacer una comparación sencilla, casi trivial entre dos años separados por medio siglo, 1967 y 2017. La comparación permite, en mi opinión, apreciar el cambio social de largo plazo, entender la dimensión de las transformaciones sociales.

Salud de la mujer en 1967:
  • Las mujeres vivían en promedio hasta los 60 años (Carmen Elisa Flórez, “Las transformaciones sociodemográficas en Colombia durante el siglo XX").
  • En un país de 20 millones de habitantes morían 1.600 mujeres por causas asociadas con el embarazo (Diego Rosselli, Nick Tarazona, Alberto Aroca. “La salud en Colombia 1953-2013: un análisis de estadísticas vitales”).
  • Las mujeres tenían siete hijos en promedio (Censo 1964) aunque deseaban tener la mitad (primera encuesta del Centro Latinoamericano de Demografía, Celade, 1964).
  • 40% de las mujeres había usado métodos anticonceptivos, pero de poca eficacia. En su orden, ritmo, coito interrumpido, lavados vaginales, condón, jaleas, píldora y diafragma (primera Encuesta de Fecundidad, Centro Latinoamericano de Demografía, Celade, 1964).
  • Cada año había 75 nuevos casos de cáncer de cuello uterino por cada 100.000 habitantes (Registro de Cáncer de Cali).
  • No conocíamos la asociación entre el VPH y el cáncer de cuello uterino.
Cincuenta años después:
  • La esperanza de vida de las mujeres es de 81 años.
  • En un país de 50 millones de habitantes, mueren 332 por causas asociadas al embarazo (Sispro).
  • Tienen 2 hijos en promedio (ENDS).
  • 80% usa métodos anticonceptivos. El retiro y el ritmo ocupan los últimos lugares de las preferencias (ENDS).
  • Tienen derechos sexuales y reproductivos, incluido el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo.
  • Hay 20 nuevos casos cáncer de cuello uterino por cada 100.000 (INC).
  • Sabemos, en buena medida gracias a Nubia Muñoz, una mujer colombiana, que el VPH es una causa necesaria del virus del papiloma humano. Hemos vacunado a 3,5 millones de adolescentes.
Por una casualidad, una coincidencia de esas inquietantes, también esta semana la revista inglesa The Lancet publicó un especial sobre el avance global en los derechos sexuales y reproductivos. Colombia es un ejemplo para el mundo en esta dimensión, un líder regional en varios temas, incluido, por ejemplo, el acceso a abortos seguros.  

Persisten desafíos. La mortalidad materna en algunas regiones de nuestro país es altísima. La tasa de reducción, eso sí, se ha acelerado ostensiblemente durante los últimos cimco años. Son muchos los asuntos pendientes, pero también innegables los logros.

domingo, mayo 06, 2018

Un recuerdo

Ocurrió hace ya mucho tiempo. Tenía yo catorce o quince años. La edad de la retentiva, de las impresiones indelebles. Eran los primeros días del mes de diciembre, un sábado en la noche. Había ido a cine con mi hermano Pascual al Centro Comercial Oviedo en Medellín. Fuimos caminando, uno al lado del otro, silenciosos, inmersos en la cavilaciones tristes de los adolescentes. No recuerdo mucho más. Ni siquiera el nombre de película.

Pero un incidente, una pequeña anécdota me quedó grabada para siempre. Al final de la proyección, en el momento de los créditos, alguien hizo estallar una papeleta al interior de la sala. Hubo una pequeña conmoción. Algunos gritos y risas de celebración. Muchos salieron corriendo. Nosotros no.  Esperamos un rato y salimos tranquilos, resignados. Era evidente que se trataba de una chanza de mal gusto. Las risas venían precisamente de allí, de un grupito de aspirantes a vándalos que celebraban ruidosamente su fechoría.

Mientras salíamos de la sala, en medio de la confusión, escuché que un señor ya entrado en años, le decía, en un acento extranjero (italiano en mi memoria, pero la memoria inventa lo que no sabe), a un niño que llevaba de su mano: “esta sala está llena de idiotas”. Recuerdo la frase con toda su fuerza y precisión. Implacable. Certera e inolvidable ya puedo decir.

Ayer en la noche, después de pasar un tiempo (perdido) en las redes sociales, en medio del fanatismo político, del intercambio de imprecaciones y noticias falsas, de la ferocidad verbal y la ausencia absoluta de ironía e introspección, recordé, por cuenta de los atajos impredecibles de la memoria, esa frase, esa protesta precisa, necesaria y urgente, “esta sala está llena de idiotas”.